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7 julio, 2011 / Jorge Gato

Teoría de la Práctica

En las tapas de los libros no hay ni rastro del secreto. Pero es que si decidimos profundizar, si acaso nos esmeramos en saltar de una hoja a otra intentándolo encontrar, obtendremos un resultado decepcionantemente similar. Es un secreto este que se extiende por millones de páginas y que, en realidad, no se extiende por ninguna, pues en ninguna se le menciona, no hay ni un solo espacio destinado a albergarlo. Es el secreto de la compleja relación entre la Teoría y su Práctica, relación antigua como el mundo y a menudo imprevisible, aleatoria, imposible de pronosticar y muy difícil de adecuar a nuestros intereses o perspectivas. Esta virtualización de página, valiente ella, se atreve a romper por fin con tantos siglos de silencio y a colaborar de forma activa en el lanzamiento de este aviso universal que nos deberían haber hecho mucho tiempo atrás, cuando aún no era demasiado tarde.

La Teoría es un ente ordenado cuya quietud reconfortante suele ajustarse al ritmo de nuestras necesidades. Tiene por costumbre trabajar nuestros circuitos neuronales y potenciar así sus posibilidades, siempre instalada en una calma elogiable mientras expone sus largamente sabidos conocimientos. Porque es esa precisamente la actividad básica de la que se ocupa la Teoría: exponer. Exponer y disponer, pues dispone para el interesado un sinfín de nuevas fórmulas que, teóricamente, deberán ayudarle en su lidia cotidiana con la Práctica. Por eso merece la pena recordarla lo más fielmente que nos sea posible, porque sus intenciones son buenas cuando nos entrega su sabiduría en toda su extensión y porque, seguramente, espera obtener alguna victoria en su perenne batalla contra la Práctica, entregándonos cada vez lo mejor de sí misma. Pero la Teoría, casi perfecta ella, equilibrada, reflexiva, mesurada, se ha olvidado de algo. Y ese algo establece el secreto, y ese secreto nos atropella a su antojo sin que seamos capaces de averiguarlo, aunque sí al menos de sospecharlo. Se ha olvidado de elaborar una cuidada Teoría de la Práctica en la que advertirnos de las perversiones a la que esta segunda sin duda ni piedad nos someterá; una Teoría de la Práctica en la que dibujar con detalle la anatomía de su rival, con sus mil brazos retorcidos y sus cientos de cabezas conspiradoras de admirable talento creativo.

Porque es la Práctica quien ensombrece a la Teoría, al contrario de lo que se pudiera pensar. Es la Práctica quien nos convierte en peleles sabiondos preparados para nada, indefensos y absurdos. Mientras la Teoría expone con un enriquecedor sosiego el resultado de una vida milenaria de observación, de investigación, de meditación, la Práctica nos impone su ritmo vertiginoso, su caos, sus mil años de experiencia en confundir, desorientar y empequeñecernos.

Creo que la divergencia crítica que las distancia es la velocidad. La Teoría es lenta, se posa y reposa hasta asentarse. Requiere de tiempo y esfuerzo, de concentración, de memoria. Y aun así es escurridiza, se oculta, se marcha, se actualiza y desactualiza. Nos puede abandonar cuando más falta nos hace, o no irse nunca aunque jamás la hayamos necesitado. La Práctica, entretanto, nos engulle en su torbellino de despropósitos y nos exige el doble en la mitad de tiempo: el doble de esfuerzo, de concentración, de memoria. El doble para que la Teoría nos sirva de escudo, de paraguas y de flotador; algunas veces lo conseguimos, otras no. Pero siempre obtenemos recompensa. Por eso, después de todo, la Práctica, por caótica y precipitada que sea, no nos hunde, sino que nos fortalece; no nos hace olvidar, nos hace aprender lo comprendido; no nos extravía, nos hace encontrar y reencontrar. Afianza, completa, amplía y actualiza la Teoría. La dota de sentido, hace que cobre vida. Es la Práctica quien le otorga interés a la Teoría, quien la llena de experiencias y quien integra la frialdad de sus conocimientos bajo el calor de nuestra piel, compenetrándolas para siempre.

Ahora que lo pienso, quizá repartí erróneamente los papeles del bueno y el malo. Puede ser que no exista tal olvido por parte de la Teoría, que la Teoría de la Práctica sea una ausencia malévolamente calculada y oculta bajo un gran manto de celos y rencores. ¿Será este el origen de su perpetua batalla? La Teoría tiene que medir su valor con la regla de la Práctica, es ahí donde halla su sentido. La Práctica es quien nos hace desconfiar de la Teoría, ¿será lo expuesto suficiente para enfrentarla? La Teoría, por doloroso que le resulte, nace de la Práctica y persigue adecentarnos hasta que casi estemos a su altura.

O quizá, después de todo, no se libre tal guerra, quizá solo sea una manera pactada de completarse y de darse sentido y valor mutuos. Al fin y al cabo, ¿quién renunciaría al sabio consejo de la Teoría a la hora de vérselas y deseárselas con la Práctica? ¿Y quién podría alumbrar una Teoría decente sin haberse visto antes azotado por el huracán de la Práctica?

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