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12 junio, 2011 / Erik Macbean

A furore normannorum libera nos Domine!

Los vikingos fueron un pueblo de lo más curioso. En tiempos de paz se dedicaban a la agricultura y la ganadería en unas tierras del todo hostiles al ser humano. Y en tiempos de guerra se dedicaban a darse matarife entre ellos, siempre respetando un estricto código del honor y haciendo gala de un total desprecio hacia la muerte. Es más; caer en combate era todo un orgullo ya que el susodicho, según la mitología de la zona, se iba directo al Valhalla -su paraíso particular- para festejar con Odín que le habían borrado del mapa.

Su evolución también fue curiosa. Cuando descubrieron que asaltar monasterios y poblaciones costeras en el resto de Europa comenzaba a ser aburrido, pasaron a ser comerciantes y, en ocasiones, formidables mercenarios en las luchas fratricidas que mantenían algunos nobles en Inglaterra o Francia por aquella época. Luego se convirtieron al cristianismo y se acabó lo que se daba; su trayectoria dejó de ser tan exótica como antaño y pasaron a ser una potencia europea más con sus banderas, sus aspiraciones imperialistas, su burocracia y tal.

Sin embargo, y a pesar de estos cambios, durante muchísimos años todavía se siguió escuchando el eco de aquellos gritos de terror que soltaban los frailes ingleses cuando veían, en torno al año 800, recortarse la silueta de un Drakkar en el horizonte: “A furore normannorum libera nos Domine!”. Que era como decir: “¡Oh Señor! ¡Líbranos de la furia de los hombres del norte!”. Y ese eco se siguió escuchando porque aunque en la región escandinava sustituyeron sus martillos de Thor por crucifijos de oro y plata, en un islote hoy conocido como Islandia la tradición vikinga se mantuvo durante más tiempo. Supongo que no del todo intacta, pero casi. Con lo bueno y lo no tan bueno.

Ahora hagan el favor de sustituir en su cabeza al fraile inglés del siglo IX por un -por ejemplo- banquero británico en la actualidad cuyos ingresos no sólo no han mermado con la crisis financiera puesta en evidencia en el año 2008, sino que incluso han engordado. Es poco probable que el magnate de hoy en día se dedique a suplicar en latín al que esté por ahí arriba que le salve de la furia de los vikingos, pero no es tan inverosímil que comparta sudores con el Hermano Peter, del monasterio de Lindisfarne, que fue el primero en ver a unos melenas rubios apearse del barco una mañana del año 793, coger sus hachas, ajustarse los escudos, y arrasarlo todo.

Porque resulta que en Islandia han decidido que no van a pasar por el aro y hacer como si aquí no hubiese pasado nada. Más bien todo lo contrario: varios banqueros se han enfrentado ya a la Justicia de este pequeño país por haber quebrado a las entidades financieras islandesas y al anterior primer ministro, Geeir H. Haarde, le pueden caer unos añitos en el trullo por el mismo motivo. En cuanto a la posibilidad de que los contribuyentes paguen las deudas de la banca local, las autoridades islandesas organizaron un referéndum hace algunas semanas para ver qué opinaban al respecto los 320.000 habitantes de la isla. Y opinaron que naranjas de la China. Que a los acreedores de los bancos, que son fundamentalmente británicos y holandeses (dos naciones con gran tradición pirata, no lo olviden) les va a pagar su puta madre, ya que ellos no se consideran responsables de los chanchullos que llevaron a cabo cuatro listillos con diplomas de Harvard o de la London School of Economics. Por si acaso, y para salir de dudas, los actuales gobernantes de Islandia decidieron repetir la votación popular, no sea que Grimfüngsson se confundiese contando y la vayamos a liar. Pero el de la urna había contado bien y por segunda vez salió que aquí no pagaba ni Rita, ‘la Cantaora’ de Jerez.

Eso supone dos problemas para el banquero de turno, británico en este caso y por seguir con el mismo ejemplo.

El primero es que no va a ver la pasta que el banco islandés en cuestión le debía. Pero bueno, aunque a esta gente no les guste perder la mano también son conscientes de que no siempre se puede ir de victoria en victoria por la vida. Se lo debieron de explicar poco antes de darles el ya mencionado diploma.

Así que es el segundo problema al que se enfrenta el tiburón de la City el que genera el tembleque 1.200 años después de que le diese al Hermano Peter, el fraile de Lindisfarne. Y aunque es un problema remoto, no está descartado.

Porque si bien Islandia no está ni en la Unión Europea ni mucho menos en la zona del euro, también está sujeta a las reglas del mercado. Y por lo tanto, aunque tenga un margen de maniobra mucho mayor que el de Grecia, Portugal o Irlanda, sus decisiones -en este caso no hacerse responsable de la deuda que mantenían sus entidades financieras- acarrean consecuencias como las acarrearían en cualquier otro lado. El miedo reside en que han marcado un camino alternativo que ha demostrado funcionar: esta misma semana el país ha publicado sus cifras de crecimiento económico y éstas reflejan que ya ha salido de la recesión en la que se encontraba tras la quiebra de su sistema bancario.

Bien es cierto que las características de esta pequeña isla son peculiares; tiene enormes recursos energéticos y una población discreta. Pero si Grecia decide dejar de ser la puta de Bruselas después de un año prostituyendo a sus ciudadanos a cambio de la ampliación del rescate financiero, declara su salida del euro y dice que no va a pagar lo que le debe a los bancos alemanes y franceses (los más expuestos a la economía helena) ya tiene un referente. Y si Grecia sigue este camino, ¿por qué no iban a hacerlo Irlanda o Portugal si se atisba tormenta en el horizonte?

De ahí que todos aquellos que están jugando a hacer pasta especulando con la mala situación de estos países se acuerden de vez en cuando de los vikingos y de cómo bajaban en sus barcos guerreros, sembraban el caos en el Viejo Continente y luego se volvían a sus hogares, allá arriba, lejos, entre la bruma. Hasta la próxima.

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