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9 junio, 2011 / Jorge Gato

Burbujas doradas

¿Eras acaso tú quien me hundía en la pecera de burbujas doradas? Pues no estuve tan mal, aunque parecí estarlo. No respiré bien, desde luego. Pero tampoco me quejo. Los caracoles resultaron una grata compañía, y las burbujas… bueno, tenían su aquel. Algo más angustioso de lo que hubiera deseado quizá, por aquello de tu presión sobre mi nuca, por aquello de no tener branquias. También por la ira cincelada en tu entrecejo. Se mojó mi ropa, pero fue inspirador. Al fin y al cabo morí en champán.

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