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1 junio, 2011 / Jorge Gato

El circo agresivo

Si me preguntan, debo decirles que parecía normal, casi especial. Nadie esperaba a la luminosa carpa del Circo Pasiones en la ciudad, de ahí la sorpresa de los habitantes cuando vimos el despliegue monumental que se asentaba a pocos metros de nuestros hogares. Un centenar de personas y una decena de animales componían el nuevo paisaje urbano, paisaje al que pronto nos acostumbramos.

Tras dos o tres semanas de esforzado montaje, el personal del circo comenzó a deambular por nuestra pequeña ciudad anunciando su peculiar y renovado espectáculo, cuyo nombre era ‘Alteración’. Una magia carnavalesca más propia de los cuentos inundó por completo la actividad de la ciudad y a sus habitantes quienes, casi sin remedio, iban rindiéndose al tremendo magnetismo que aquella carpa gigantesca y luminosa ejercía sobre ellos. Poseedora del paradigma del gozo más profundo e infantil, yo no fui una excepción y deseaba que las representaciones empezaran cuanto antes.

Para finales de aquel noviembre comenzaron por fin las funciones. La gente de la ciudad nos agolpamos por turnos a los pies de aquella magnífica carpa del Circo Pasiones, cuyos rótulos cegadores iluminaban nuestros gestos de emoción e incertidumbre. Todavía quedaba quien ponía de excusa a los hijos, pero lo cierto es que todos habíamos llegado hasta allí empujados por nuestra propia curiosidad, por las ganas insaciables de divertirnos y de sentirnos parte del cuento. Poco a poco, el circo me fue traicionando, decepcionando, amargando. Veinte minutos después de entrar, descubrías que estabas allí contra tu voluntad, que el Circo Pasiones te había convertido en su rehén y el rescate era incierto. No encontré una manera de huir, la carpa ovalada no tenía final ni principio, la puerta era indistinguible, no había siquiera un agujero por el que reptar hasta tu libertad. No exagero, ahora les cuento.

Un cuarto de hora a la intemperie en aquel día gris y frío les debió de parecer suficiente, así que por fin abrieron las puertas y nos dejaron pasar. El shock fue instantáneo. Las entrañas de aquella resplandeciente carpa estaban podridas, descompuestas. Apenas se veía, en contraste abismal con la exhibición luminosa del exterior. El aire era tan denso que casi costaba respirar y, si acaso lo conseguías, aspirabas un olor nauseabundo que te acercaba a la arcada. Opté por conceder una absolución parcial y pasajera. La penumbra -pensé, casi recé- prometía un escenario impresionante repleto de artilugios y secretos que no querrían revelar hasta el comienzo mismo del espectáculo. ¿Y el olor? Es verdad que podrían haber ventilado un poco mejor el espacio, pero el uso constante de animales y la posible exposición de los secretos del espectáculo ante los ojos de algún curioso quizá lo justificaran. Para lo que no encontré explicación fue para aquellos asientos destrozados y sucios ni, desde luego, para todo lo que vino a continuación.

Decir que se encendieron las luces es exagerar el trabajo de cuatro miserables focos que a duras penas hacían visible al conductor de la velada, Piérre, aunque es posible que verlo con nitidez sólo hubiera empeorado las cosas. Se le intuía un perfil extraordinariamente delgado y aguileño. Tenía una voz sin fuerza y algo aguda con la que pronunciaba hasta el absurdo frases que con dificultad se complementaban, intercalando insultos y groserías de diversa consideración dedicadas tanto al público como a los propios trabajadores del circo. Además repetía hasta la extenuación un gesto mediante el cual planchaba su pelo con la palma de la mano izquierda, acentuando una raya al medio que brillaba en la oscuridad y que me era familiar. De todo ello se valió para presentar uno a uno los números obscenos y enfermizos a los que asistiríamos durante tres largas horas.

Para no tener que revivir aquel esperpento en toda su dimensión y repugnancia, ahorraré detalles de todo lo que sucedió bajo aquella carpa. ‘Alteración’ empezó desde las alturas, con un deshonroso número de equilibristas que se dedicaron a escupirnos y arrojarnos objetos desde un alambre a diez metros del suelo. Algún sector del público reaccionó con rapidez e igual zafiedad, por lo que los objetos que yacían en las gradas empezaron a ser de ida y vuelta. Lograron derribar a dos de los cinco, aunque por fortuna tenían red. No habían amainado aún los abucheos cuando el Circo Pasiones nos presentó por boca de su despreciable maestro de ceremonias una reyerta de payasos armados con navajas. Con la premisa de que sólo uno de los tres podía quedar en pie, se fueron sucediendo los cortes y las agresiones hasta que dos de ellos quedaron tendidos en el suelo desangrándose -efectos especiales, espero-. Sorprendentemente, el público vitoreó la actuación con una energía que parecía derivada de la rabia y la ira más intensas, y brindó una ovación entusiasta al payaso que mantenía la verticalidad simulando estar herido.

De la actuación que a continuación relato todavía no he conseguido averiguar el truco. Salieron los trapecistas y empezaron a descolgarse artilugios desde las alturas. Con una agilidad y precisión elogiables, los trapecistas comenzaron a desempeñar la tarea que se les supone sumándole una sobriedad difícilmente esperable ateniéndose a todo lo que les había precedido. Fueron los únicos momentos de alivio para mí, pero la mayoría de los asistentes no tenían la misma sensación. Empezaron a abuchearlos y a pedir más, no sé más de qué, pero más. No habían transcurrido ni sesenta segundos de abucheos cuando el anclaje de uno de los artilugios falló y dejó caer al trapecista directamente contra el suelo. La muchedumbre, emocionada y en pie, aplaudió al hombre mientras un par de secundarios lo arrastraban a la parte posterior del escenario, fuera del alcance de nuestra visión. ¿Estaría calculado?

Poco diré de los espectáculos con aquellos animales sucios, cabreados y heridos. Algunos de ellos estaban mutilados, otros educados para defecar en cuanto se acercaban al graderío. Aquello era más un museo de los horrores que un espectáculo con animales. La gente estaba fascinada.

Menos aún diré sobre aquella selección de malabaristas y lanzadores de cuchillos que parecían drogados. La audiencia sólo pareció disfrutar cada vez que alguno de ellos fallaba un lanzamiento y el cuchillo se incrustaba en la carne de la mujer atada a la tabla. O cuando uno de los malabaristas marraba una recepción y la vara envuelta en llamas prendía sus ropajes. Es innegable que, por lo menos, los efectos especiales estaban a la altura.

Afortunadamente, los efectos del LSD comenzaron a menguar en mí al tiempo que emergía una figura cada vez más enfocada frente a mi sofá. Era cetrino, huesudo, con un pelo negro azabache irritantemente grasiento; era Piérre o, más concretamente, mi amigo y compañero de excesos, César. Me concentré cuanto pude para intentar averiguar qué coño me estaba diciendo, pero entre mi paranoia circense y el desbocado movimiento de su mandíbula fue misión imposible. Tardé cinco minutos o así en darme cuenta de que mis brazos seguían fuertemente asidos a mi cuerpo, entonces intenté alzar el izquierdo para consultar la hora. Tras mover dos veces el derecho por error, finalmente fui capaz de constatar que eran cerca de las dos y media de la madrugada. Sobre las tres y cuarto, ya estaba en condiciones de hablar y de entender a Piérre, o a César, así que tras rogarles que me quitaran la esponja de la cabeza les pedí que me repitieran todo lo que me habían dicho antes lo más despacio que pudieran y sin pisarse. No llevas ninguna esponja en la cabeza, y te decía que te has quedado como cuatro horas delante de la tele flipando como un incandescente, afirmó. Sus frases seguían siendo extrañas. Sin embargo, aquello me ayudó a aclarar mi pensamiento y a descifrar mi paranoia. Hoy es sábado, dilucidé con gran esfuerzo, toca programa de telebasura con de todo un poco: famosillos exhibicionistas, colaboradores insolentes, tertulia subpolítica, vísceras sin sangre. ¡Ah! Y después programa de tertulia subfutbolera: insultos, desprecio, locura, tensión…

Concreté y unifiqué experiencias, aturdido por fogonazos. Con que… Tuve por payasos navajeros a tertulianos incendiarios e hice pasar por equilibristas babosos a colaboradores y personajillos. Sentí que no había sitio para la sobriedad y la precisión de los trapecistas, descabalgados del show de los horrores. Lúcido yonqui. Cruce de acusaciones e insultos, lanzamiento de cuchillos. Famosetes confesando entre lágrimas la verdadera naturaleza de sus caries, prendiéndose fuego junto a los malabaristas. Los animales cagándose sin escrúpulo sobre el público, divos reconvertidos en políticos de altura riéndose en nuestras caras. El olor a cerrado, la mugre, la oscuridad; ahora lo sé, todas ellas reveladoras del fondo común de los programas, bien disimulado bajo carpas luminosas.

Y la gente enfurecida, descontrolada, sedienta de sangre… Bueno, la gente es la misma. A este circo no le pertenezco, me aburre estar cabreado todo el rato. Y que alguien me quite la puta esponja de la cabeza.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Gontzon / Jun 1 2011 20:55

    Me ha recordado mucho a un capítulo especial de “Historias para no dormir”,titulado,”El Televisor”y era tan angustioso como tu relato.Es que la televisión mal usado puede ser un aparto peligroso,lo digo por experiencia.

  2. TONETI / Jun 2 2011 13:07

    ¡Bravo Jorgín!, me parece un excelente relato, creo que sería interesante que pudieses enviar este relato a alguna plataforma de mayor repercusión, ¿podrías hacerlo?.

  3. Beijabar / Jun 24 2011 13:45

    Una crítica lisérgica de lo mas interesante; por cierto, me gusta tu estilo y ritmo, equilibrado y agradable de leer.

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