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26 mayo, 2011 / Jorge Gato

Se pasó

La historia que les cuento esta vez es de esas inquietantes, muy extraña. Entendería que se retorcieran en sus asientos al tiempo que la leen agitados por un noble y atronador sentido estético. No sé, depende de ustedes.

Necesito, por el bien del espectáculo, que tome una muestra mental, aunque si la tiene a mano será mucho mejor, sobre todo mucho mejor para usted en concreto; mi enhorabuena. En fin, visualice a la mayor tíabuena que conozca personalmente. ¿La tiene? ¿Fácil, verdad? Ahora multiplíquela por 5 ó 6, lo que prefiera -y cuidado, no digo que la visualice repetida cinco veces, eso sería como una fábrica de tíasbuenas en serie, sería demasiado; lo que le solicito es que aumente su naturaleza de tíabuena hasta que lo considere impresionante, que no admita duda-. Bueno pues el resultado de ese proceso mental es la protagonista de esta historia. Una tíabuena de verdad, de las que merecería la pena pagar una entrada para verla peinarse o tomar el sol. Ahora incluyan una tara cerebral en esa mujer casi celestial por la que en cualquier momento pueda hacer algo fuera de toda lógica, que pueda coger un plato de macarrones en un restaurante de lujo y volcárselo a sí misma sobre la cabeza, por ejemplo. Pues ahora tenemos los dos matices más importantes del ser humano que protagoniza esta historia.

Una mañana la tíabuena se levanta de la cama y tiene una idea deslumbrante, de esas que te ponen un gusanillo en el estómago de pura satisfacción. Como casi no está buena, decide que va a intentar estarlo más todavía, dar el máximo por la estética. Así que se va a un cirujano y le ruega que le ponga unos labios bien voluminosos, que cuando intente silbar una canción lo único que consiga sea parecer un perrito caliente visto de lado. El cirujano plástico, que con el nombre debería ser suficiente, resulta que es un buen tío, uno con conciencia y tal. Por lo que intenta, en vano, apaciguar en lo posible el frenesí autolesivo que aturde a nuestra monumental protagonista. La tíabuena no se conforma con menos, ya ha visualizado lo que será su nueva y deformada cara y le encanta. En su interior, aunque no lo dice para no resultar pretenciosa, siente que ya que se lo va a hacer, que se lo hagan a lo loco, sin mesura. Así a nadie le podrá caber duda de que allí ha existido una inversión, que ha tirado una buena suma de dinero por esa deformidad que tiene.

Ahora la tíabuena les sonríe, el problema es que su faraónica reconstrucción, o deconstrucción, hace parecer que tiene bigote, y a ustedes eso les desconcierta tanto que prefieren mirar otra cosa, cualquier otra. La muy idiota tiene el labio superior tan gordo que da la sensación de que luce una buena mata de pelo a la puerta de sus orificios nasales. ¿Es enfermizo o no? La tíabuena se pasó, así de claro.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Concha Huerta / May 27 2011 13:11

    Que peligro tienen esas estéticas. Yo creo que los resultados muchas si no todas las veces empeoran. Ahora bien, no lo diras por las de la foto?. Impresiona. Saludos

    • krknose / May 28 2011 11:29

      ¡Parece o Groucho Marx o el Joker de Jack Nicholson! No tenía ninguna necesidad de ofenderse así…

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