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22 mayo, 2011 / Erik Macbean

La reflexión, esta vez, la tienen que hacer ellos

Creo que mi animadversión hacia la clase política comenzó a fraguarse hace unos años.

Fue gracias a alguien al que durante una etapa de mi vida llamé y consideré amigo. De hecho, su nombre aparecerá hoy en una de las listas de uno de los dos grandes partidos políticos que controlan en mayor o menor medida lo que sucede o deja de suceder en España, cuando en multitud de regiones se designen los nuevos gobernantes de turno. O se renueve a los que ya están. Podría decir el nombre de esta persona y, de paso, especificar su militancia concreta. Sin embargo, además de no venir al caso ni ser una información imprescindible para comprender nada, todavía me ata a él un vestigio de lealtad que me impide hacerle una putada de tal calibre. Por las copas, sueños y conversaciones que compartimos en los viejos tiempos. O algo así.

Esta persona llegó a ser amigo mío durante un prolongado período de tiempo porque se forjó entre ambos una fuerte complicidad. La complicidad, evidentemente, conlleva -o se genera a raíz de- una serie de confidencias. Confidencias como la que me hizo una noche, mientras degustábamos sendos rones cubanos de los de aflojar una buena guita. Nada de mierda de discoteca. Local selecto, con un discreto toque bohemio y música negra sonando por aquí y por allá. Y el brebaje, claro, a la altura de las circunstancias.

“Yo milito donde milito porque tengo que comer”, dijo en aquella ocasión esta persona tras un prolongado silencio en el que los dos parecíamos estar fusionando nuestros pensamientos más íntimos con el estado terminal en el que se encontraban los trozos de hielo que aún sobrevivían en el fondo de los vasos. Y añadió: “Pero mis ideas van más acorde con siglas más radicales, lo que sucede es que defendiéndolas a ellas no me pagan”.

Quién soy yo para juzgar, pensé en ese momento. Que por cierto, es lo que suelo pensar a menudo cuando me enfrento a declaraciones de una índole similar. Creo que lo llaman empatizar con el de enfrente. O, por lo menos, intentarlo. Durante mucho tiempo no le di importancia a este comentario, aunque es obvio que siempre quedó por ahí guardado; en el baúl de los recuerdos.

Desde hace una semana un movimiento contra el sistema político en general -y las dos grandes formaciones que parten el bacalao en buena parte de este país en particular- hace escuchar su voz y sus quejas. Como intento ser una persona con un mínimo de credibilidad, me he pasado por la Puerta del Sol de Madrid un par de días para ver el chiringuito que tiene montado esta gente, las propuestas que hacen, las recogidas de firmas que fomentan y, sobre todo, qué clase de componente político prima en el ambiente. He conseguido averiguar poco o nada al respecto en estas y otra serie de cuestiones. De mis visitas al Kilómetro Cero sólo he sacado en claro el enfado destinado a unos tipos que utilizan su posición al servicio del pueblo para intentar llenarse el plato de lentejas.

Lejos de ser una cuestión baladí, este clamor popular ha devuelto a mis debates internos una afirmación, pero esta vez en formato interrogativo: ¿Y quién soy yo para juzgar? La respuesta es simple: un ciudadano al que dicen que representan. Cuando, en realidad, la mayoría de ellos actúan en representación de su propio bienestar.

Esto no es nuevo, pero está bien recordarles desde la Puerta del Sol, o desde donde sea, que la gente, a veces, decide abrir el baúl de los recuerdos, hacer memoria y preguntarse una vez más ciertas cosas para ver si, esta vez sí, encuentran una respuesta.

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