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14 mayo, 2011 / Erik Macbean

Sombras en la ciudad de los canales

Iba yo recorriendo Venecia por la noche hace unos días, cuando me dio por pensar. Por cierto, desde este humilde espacio recomiendo a todo aquél que quiera disfrutar un mínimo de la metrópoli de la vieja República que se adentre en sus calles una vez caídas las sombras. Es la mejor forma de evitar a las hordas de bárbaros en chanclas, bermudas, gafas de sol y cámaras digitales que escupen los cruceros y los hoteles cada mañana. Gajes de ser una de las ciudades más cinematográficas del mundo. Supongo.

Iba yo recorriendo, como digo, Venecia por la noche. Y tras dar cuarenta mil quiebros, muchos de ellos sin lógica ninguna, y atravesar decenas de puentecillos, por fin llegué a las puertas de la Basílica de San Juan y Pablo. En realidad no tenía intención alguna de llegar a ninguna parte concreta de la ciudad. Pero parece que el destino, siempre caprichoso, decidió guiar en esta ocasión mis pasos hacia la mencionada iglesia.

Una vez detenido frente al portón del centenario edificio, y haciendo gala de una inquietante memoria histórica, logré recordar al tipo al que se rinde homenaje -aunque muchos de los anteriormente citados bárbaros no tengan ni puta idea- entre esos cuatro muros.

Se llamaba Marco Antonio Bragadino. Y por lo visto, tenía un par de huevos de los de antes. No es que haya profundizado mucho en sus vivencias, pero sé lo básico como para obligar a mis piernas a detenerse para imaginármelo en su última gesta, haciendo gala de una bravura y honor ya desconocidos en los tiempos que corren. Justo lo que hice esa noche frente al portón.

Por lo que cuentan los archivos de Famagusta, en Chipre, corría el año 1571 cuando los turcos asediaban la ciudad, último bastión veneciano en aquella isla del Mediterráneo oriental. Esta gentuza, histórico enemigo de Europa, llegó a los muros de la urbe con una lista de barrabasadas bastante larga a sus espaldas. Aún así, Bragadino, que era el general designado responsable de la plaza, decidió cerrar las puertas y plantar cara, a pesar de llevar todas las de perder en el proceso. Como era de esperar, y tras varios meses de heroica resistencia, perdió.

Para tratar de amortiguar la venganza sobre la población de Famagusta, Bragadino negoció con los generales otomanos una rendición mediante la cual los defensores podrían partir hacia Venecia una vez entregada la ciudad chipriota. Los turcos, en apariencia benévolos, acordaron actuar de esa forma. Sin embargo, debido a las bajas sufridas durante el asedio de la ciudad a causa de la resistencia veneciana (se habla de 50.000 asaltantes muertos, una cifra infinitamente superior a la prevista inicialmente por los responsables de la conquista), la sed de venganza primó sobre el honor a la palabra dada y las ejecuciones se sucedieron tras la toma de la plaza. A Bragadino le tocó el último, y tuvo que sufrir mutilaciones faciales para, después, ver cómo su piel era arrancada a tiras. Todo esto mientras el tipo estaba vivo, claro.

Una vez muerto, la piel del valiente general fue entonces rellenada de paja y colgada en una de las naves turcas que pocos meses después, el 7 de octubre de 1571, combatiría contra la armada católica en la archiconocida Batalla de Lepanto. En dicho enfrentamiento participaron millares de tropas venecianas que durante el curso del combate, y animados por la ira –“Hoy es día de vengar afrentas”, les diría poco antes de la contienda Don Juan de Austria, generalísimo de las fuerzas cristianas-, abordaron y apresaron a la galera otomana que lucía la piel de Bragadino en la proa. Cuando regresaron a Venecia, la reliquia fue depositada en un cofre de plata que se encuentra a pocos metros de la puerta de la Basílica ante la que yo me encontraba esa noche. Según se entra por ella se puede ver a mano derecha, custodiado por un cuadro que ilustra las torturas que sufrió Bragadino tras ser hecho prisionero.

Así -rememorando el trágico final del general- me encontraba yo cuando una voz desconocida turbó la atmósfera, casi espiritual, que hasta ese momento primaba en el lugar.

– ¿Piensas en él?

Tras el sobresalto inicial miré a mi izquierda, lugar del que provenía la pregunta, y pude adivinar una silueta recortada en la noche que también se encontraba en esos momentos paralizada frente al portón de la iglesia.

– ¿En quién?

– En él. En el estúpido cuyos restos yacen dentro.

– ¿Estúpido? – recuerdo haber preguntado, entre extrañado y ligeramente indignado.

– Sí, ¿o acaso no fue una estupidez lo que hizo? ¿Ganó algo con su sacrificio?

Tras dejar pasar unos segundos en los que yo no hice amago alguno de contestar, pues me encontraba meditando la pregunta, la misteriosa silueta pareció hallar la respuesta que ambos buscábamos.

– Ya entiendo. Eres de los que piensa que no hace falta ganar nada para ser admirado, que basta con sostener unos principios asumidos hasta el final. Incluso piensas que ese es, en realidad, el mayor logro al que puede aspirar una persona. Mantenerse fiel a uno mismo.

No dije nada. Tras estas palabras, el silencio volvió a inundar el lugar. Poco después, la voz volvió a escucharse.

– Buenas noches a ti, uno de los últimos románticos que aún pueden encontrarse por Venecia, aquella hermosa ciudad cuyo destino ya está escrito, tal y como se recordará dentro de cien años con nostalgia mientras la gente mira hacia el fondo de esta laguna.

Acto seguido la silueta desapareció entre las sombras, y mientras escuchaba sus pasos alejarse por una callejuela situada en algún lugar a mis espaldas, le di las gracias en silencio a Marco Antonio Bragadino. Gracias por haber depositado su valentía al servicio de un ideal y convertirse, así, en un mártir más de causas que, probablemente, siempre estuvieron perdidas. Como Leónidas y cualquiera de sus 300 muchachos. O como otros muchos héroes que perviven en un injusto anonimato.

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