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25 abril, 2011 / Jorge Gato

Agua

Una silla siempre inmóvil de madera antigua y largo respaldo se acostumbró a descansar las penas de Anastasia durante los densos e interminables años en que duró aquella ilusión deprimente de vaivén impredecible. Siempre pegada a la ventana de su pequeña habitación de un barrio céntrico de una gran ciudad, le permitía observar el coqueto mundo que se asomaba a su campo de visión y que de paso le hacía digerir y acallar sus llantos sin demasiado circo. Un cojín de tonalidad pastel hacía las veces de confesor y le servía tanto para sentirse más cómoda cuando se acurrucaba en aquella superficie rígida durante horas como para notarse abrazada y reconfortada en su soledad. Así se bañaba de luna o de sol Anastasia, no siempre de lágrimas, pero sí siempre detrás del cristal de su ventana; se llenaba de historias inventadas que distraían a su apenado consciente y que hacían de aquella madera uno de los mejores psicoterapeutas imaginables.

Aquella tarde noche de un marzo gris no iba a resultar una más para Anastasia. Se lanzó con aire trágico a su silla de madera con la idea de desintegrarse en ella al son que marcara la lluvia que golpeaba contra el cristal, como tantas veces antes. No estaba llorando ni había un pensamiento concreto que la afligiera aquella jornada, simplemente notaba el lastre de una profunda amargura que la había atacado de repente en medio de su actividad diaria. Ahora Anastasia, prófuga de la rutina por unos días, se abrazaba a su cojín y confidente, aunque más bien lo usaba de última muralla con la esperanza de que los males que la perseguían no pudieran alcanzarla en caso de conseguir éstos atravesar el cristal de la ventana, la cual se había mostrado siempre como la protección más firme contra los ataques de la realidad.

Dejó volar su imaginación tanto como pudo, con el propósito ya meditado de que en su ágil ascenso las cadenas de la tristeza se partieran para así no tener que hacerla frente. Llovía a mares, con violencia. El agua golpeaba la ventana y se escurría por ella en vertical hasta desaparecer por el marco. Los truenos encogían el corazón de Anastasia con su sonoridad pausada, extensa y rotunda. Los rayos aparecían como látigos blancos agitados con furia en medio de aquella inmensidad gris que desnaturalizaba la luz. Decidió entonces, asumiendo su miedo, incorporarse para encender una pequeña lámpara de mesa que alguien le había regalado algunos años atrás por su cumpleaños; un regalo de esos que a primera vista no entusiasman pero que permanecen a nuestro lado con asombrosa fidelidad durante mucho tiempo, ganándose nuestro cariño. Al volver a reclinarse en su vieja y bien cuidada silla de madera, notó el cambio instantáneamente. En la ventana el agua había comenzado a dibujar rutas horizontales que pronto se extendieron de lado a lado del marco y que transportaban un flujo incesante de líquido pese a que la intensidad de la lluvia había decaído notablemente en el exterior. Con ojos curiosos contempló Anastasia las nuevas rutas acuáticas, cayendo entretanto su pena en el olvido más abisal.

Instintivamente siguió con atención el lento recorrido que realizaba una gota en su descenso. Bajaba con esfuerzo por aquel camino serpenteante plagado de eternas rectas horizontales que conducían a la desaparición tras el marco. De repente, como a mitad de la ventana, la gota cambió su velocidad y su trayectoria; comenzó a caer en vertical con una rapidez que hacía tan solo unos segundos le parecía inalcanzable. Al llegar al final de la ventana y ante el estupor de Anastasia, la gota no se extinguió tras el marco, como todas las anteriores, sino que cayó en el parqué de la habitación. Mientras era incapaz de apartar la vista de aquella gota redonda y luminosa por cortesía de la lámpara, otras comenzaron a caer a su lado. La frecuencia de aparición de nuevas gotas en el suelo aumentó lo suficiente como para asustar a Anastasia, que enseguida alzó la mirada hacia la ventana para ver cómo el cristal comenzaba a licuarse. En pocos segundos la ventana se deshizo en agua y llovió con fuerza sobre Anastasia y su cojín, dejándolos empapados y desorientados. Para entonces la muralla había dejado de ser segura. Y Anastasia era libre.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. micromios / Abr 26 2011 7:41

    Por suerte el agua derribó la muralla. No hay peor pared que la que uno erige ante sí mismo.
    Salut

  2. Concha Huerta / Abr 26 2011 11:06

    Muy interesante este relato sobre el poder purificador del agua… Cuantas veces nos encerramos en nuestras propias cárceles… Saludos

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