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14 abril, 2011 / Erik Macbean

La intolerante tolerancia

El mundo cada vez me atemoriza más. Porque no avanza. Ni un milímetro. Lo preocupante ya no es sólo eso, sino que la gente se cree lo contrario: que sí que avanza, que avanza muchísimo, que estamos en la cumbre del progreso. Como digo, estoy temblando. Y no es coña.

He tenido la oportunidad de leer la polémica columna de Salvador Sostres, aquella que ha sido comentada en todos los medios de comunicación porque el tipo, supuestamente, justificaba un asesinato envuelto en un contexto de violencia de género. Nada menos, el valiente.

Debo reconocer que llegué a su pieza -ya retirada por su jefe, el afamado Pedro Jota, emperador del diario El Mundo– tras verme arrastrado por el ‘tsunami’ informativo que desataron los comentarios del susodicho. Algunos artículos le ridiculizan, otros piden su despido inmediato y en algunos foros y redes sociales quieren lapidarlo. La primera y la última reacción no me preocupan demasiado; la una porque es lógica además de formar parte del juego en el que Sostres participa, y la otra porque todavía no ha llegado el día en el que la juventud aparentemente -y este matiz es importante- rebelde española, sea del signo que sea, deba ser tomada en serio de nuevo. Pero la reacción, mayoritaria de hecho, que pide el despido de Sostres y su veto de la vida pública por siempre jamás es la que más me aterra.

Hasta donde yo sé, este tipo ha sido contratado para dar su opinión. Así lo ha hecho. Y se esté de acuerdo o no con la misma, debe ser tolerada siempre y cuando queramos ser gentes que avanzan y abandonan partes del pasado que nos acongojan sobremanera cuando pensamos en ellas. Como la labor del Santo Oficio, por ejemplo. O los brazaletes con estrellas de David, por poner otro más reciente. Si Sostres pierde su espacio en El Mundo y en otros medios de comunicación, que sea por otras causas. Como la lamentable norma empresarial que te puede llegar a catalogar como una persona ‘no productiva’. Si acaso. Pero que no decida su futuro un pueblo dominado por el afán de convertirnos a todos en clones perfectamente correctos que comparten un estupendo pensamiento único, que diría algún que otro intelectual británico.

Llegados a este punto, creo que el respetable se lo merece. Por eso me mojaré: Sostres no me cae bien. Tampoco Pilar Rahola, la columnista de La Vanguardia, que por ejemplo ha utilizado uno de sus espacios habituales para descargar su rabia contra una afirmación que, según ella misma decía al principio del texto, sólo le había generado indiferencia. Pero tanto Sostres como Rahola, tan antagónicos ellos, deben ser tolerados. Están donde están porque dan voz a un pensamiento más o menos establecido en un segmento, o en varios, de esta sociedad. Se ven influenciados por un sentimiento popular y ellos, a su vez, influencian a los que quieren dejarse influenciar. Valgan todas estas redundancias para explicarme. En definitiva; lo que expresan es relevante más allá de que pueda ser estúpido, soez o ultrajante. Lo cortés no quita lo valiente.

Otra cosa es que se les critique. Y yo soy el primero en hacerlo en ambos casos y en muchos otros. Pero criticar de forma inteligente. Criticar aportando elementos al debate. Criticar como personas, y no como una masa uniforme sin neuronas propias. Criticar y no censurar cuando escuchamos algo que no nos gusta. Indagar por qué el sujeto o la sujeta dicen lo que dicen. Quizás aprender (para nuestra propia sorpresa) y a buen seguro comprender. Que no es lo mismo, por cierto, que justificar.

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