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28 marzo, 2011 / Jorge Gato

Ruina

A simple vista parece un lugar decente, casi confortable. Encajonada entre otras muchas de características similares pero diversas, luce con cierta dignidad la casa del número cinco de la calle Vida; un edificio de dos alturas con un modesto jardín que se extiende a los pies de la fachada de piedra clara culminada en un tejado oscuro a dos aguas, con un porche testimonial en el que figuran dos sillas melancólicas de madera que suponen una triste compañía para una pequeña mesa rectangular. Más a la izquierda, al final de un camino asfaltado que interrumpe el césped, un portón blanco flanqueado por dos faroles da acceso al garaje justo antes de que se erija el muro vegetal encargado de fijar el límite de la propiedad. Se podría decir que, en líneas generales, el número cinco cumple fielmente con el estilo lánguido pero opulento de las urbanizaciones, incluso posee ese aire frío y despreocupado por el que sus muros parecen no saber nada de los circundantes pese a su cercanía, generando una sensación incierta de aislamiento acompañado.

Sin embargo, es preciso reunir el valor y la paciencia suficientes para atravesar la verja negra que separa la acera de la calle Vida del jardín de su número cinco para saber con exactitud qué secretos esconden sus paredes de piedra. Una vez lo haces, pocos segundos huyen antes de que te percates del deterioro inexplicable al que esta construcción todavía muy nueva ha sido entregada. Basta con mirar a tus pies para sorprender a las malas yerbas trepándote hasta el tobillo, sustituyendo los magníficos verdes antiguos por otros densos y apagados, también por amarillos y ocres áridos, por socavones embarrados. Cuando la visión ya resulta demasiado triste, alzas la mirada en busca de alguna pista contradictoria, de algún resto de esplendor que te pueda devolver la primera y precipitada visión del número cinco. Y entonces descubres las telarañas en los faroles sin bombilla a los lados de un portón grisáceo, antaño blanco. Y ves que las sillas y la mesa alguna vez estuvieron pintadas de un color vivo, al igual que las barandillas ahora desconchadas, o que la puerta áspera y ajada. Las ventanas lucen el recuerdo de mil tormentas, las mismas que arrancaron algunas tejas o descolgaron las dos antenas.

Es la tristeza la que te invita a entrar. Necesitas encontrar algo de gloria presente entre tanta gloria marchita, y piensas, con cierta cordura, que quizá la exposición a los elementos fuera demasiado cruel con el número cinco, que -ojalá- no lo abandonaron a su suerte por capricho, sino por imposibilidad de combatir la virulencia de cíclicas tempestades. Y mientras estos deseos ocupan tu consciente, ya has atravesado la maltrecha puerta de entrada y tus ojos están expuestos a la ruina interna que devora la residencia. Grietas como latigazos pueblan las paredes, desconchados arriba y abajo, a un lado y a otro. Los muebles están arañados, en sus superficies cuarteadas un espeso barniz de polvo cuenta historias de largo desamparo; los hay desvencijados. En la cocina las baldosas hace mucho que amanecen montadas, distribuyendo con descuido trampas mortales para tobillos susceptibles; hay cacerolas oxidadas desperdigadas por el suelo o las repisas, también cubiertos y algunos platos y vasos hechos añicos. En los baños la cal y la mugre han tomado posesión de lavabos, bidés, duchas y váteres; los espejos desintegran tu imagen en mil pedazos y los utensilios yacen en rincones en los que nunca más serán de ayuda. Algunos pasillos todavía soportan retratos que ahora parecen ahumados y demasiado lejanos. Los dormitorios ya solo albergan somieres infecciosos y lámparas estrelladas contra el suelo, alguna prenda raída también que recuerda que los fantasmas se visten con nada. Un calendario rasgado nos avisa que un año de no hace tanto acabó prematuramente, en septiembre. Hay humedades descolgándose desde el techo, soñando con aterrizar algún día sobre el enmoquetado. Se mueven ligeramente las puertas atraídas por una corriente de procedencia incierta, llegando incluso a cerrarse con violencia, como encontrando en su marco una barrera que les impide huir de aquel lugar extinto. A veces la madera de toda la casa cruje al unísono, y mi cuerpo cruje con ella.

Imagen de Jim Kazanjian

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One Comment

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  1. Concha Huerta / Mar 29 2011 5:33

    Esta casa es una buena metáfora de una vida deshecha. Me gusto el relato. Un saludo

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