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10 marzo, 2011 / Jorge Gato

Egipto en una caja de cerillas

Hay ocasiones en que las realidades más complejas se presentan resumidas y concentradas en objetos cotidianos casi invisibles a la razón, instrumentos de uso sencillo que no requieren más de medio segundo de atención semiinconsciente y que pronto se nos escurren de entre los dedos para volver a su quietud habitual. Como el que avisa no es traidor, aunque te la pueda clavar igual, es posible que, después de todo, esto solo componga una reflexión aturdida y simplista con aires hediondos a minimalismo de un pobre adolescente tardío. No obstante, una mañana no hace mucho, encontré Egipto en una caja de cerillas, y eso no hay quien me lo quite.

Abrumado por olores matutinos con cierta reminiscencia a las cuadras de los mejores westerns e imprudentemente desubicados geográficamente, decidí focalizar toda mi capacidad de concentración y esfuerzo en prender una barrita de incienso en los alrededores de mi habitación, con el firme propósito de reemplazar aquel ambiente sospechoso -que se había resistido a abandonarme por completo saliendo ordenadamente por la ventana- para así dejar en su lugar una armonía espiritual bañada en aromas exquisitos y selectos. Como no soy fumador, de hecho soy ex-fumador, no podría asegurar la localización de ningún mechero en mi hogar, lo que me convierte en usuario más o menos habitual de cerillas. Y esto es como todo. Mil días no te fijas pero de repente uno sí, que es el que te vale para amargar la existencia a tus pocos pero extraordinarios lectores o para encontrar al amor de tu vida. Con orgullo digo que este día pertenece a la primera clase.

Pues abrí la caja de cerillas sin más historia. No tenía a nadie observándome por lo que no había ninguna necesidad de hacerse el misterioso con los fósforos, simplemente cogí uno e hice arder su cabeza sin un ápice de violencia, asimilando la normalidad de la situación al estar él concebido para tal empresa. Prendí con una delicadeza varonil estudiada mi barrita de cítricos, una de las que más me gustan, y luego soplé con amor maternal hasta que la llama de la cerilla se extinguió y la que ahora recorría la barrita se hizo lumbre, dejando paso al humo purificador. Tampoco en este momento me hice el intenso, aunque bien podría haber sido así. Parsimoniosamente digerí la nueva situación y fui a retornar la caja a su sitio habitual. No sé qué tipo de sentimiento me condujo entonces a abrirla de nuevo aun cuando su misión ya había sido virtuosamente finalizada, quizá presentí la cercanía de una reflexión brillante que permitiera establecer un paralelismo entre una situación de magnitud mundial y dimensiones históricas -el derrocamiento de Hosni Mubarak en Egipto, acontecido de una forma casi totalmente pacífica, persistente y admirablemente decidida- con una estúpida caja de cerillas. Es posible que fuera eso, sí.

Así que allí estaban los palillitos cabezones, amontonados, reposando unos encima de otros anárquicamente pero sin hostilidades, juntos pero no revueltos. Y entonces empezó a rondarme la idea. Percibí su uniformidad aleatoriamente dispersada, su perfecta convivencia pese al contacto directo y duradero, su rango común, la ausencia de un liderazgo. Aprecié sus cabezas contrapuestas, superpuestas, apuntando en direcciones distintas; quizá una fuera la impuesta y otra la del cambio ansiado. Vi la plaza de Tahrir a pequeña escala. Cientos de cabezas diminutas e iguales esperando a arder por un objetivo común, pero ninguna ardiendo a destiempo, ninguna ardiendo por quemar; solo esperando, pidiendo, rezando. Deseando sin abatimiento que quien se dedicó a estrechar los márgenes de la caja durante 32 años hasta casi asfixiar su llama desapareciera de una vez por todas. Y lo consiguieron.

Ahora, si todo discurre por los cauces esperados, podrán empezar a disfrutar de una democracia y a globalizarse sin demora. Pronto se someterán a otra clase de dictadura conocida como economía de libre mercado, una dictadura no tan igualitaria, pues no todos serán pobres, pero mundialmente aceptada y deseada. Mientras tanto, yo, desde esta humilde morada que podéis considerar vuestra, seguiré haciendo arder las cabezas de mis cerillas con una profunda y sincera admiración, por si ello pudiera ayudar a la consecución de su próximo objetivo. O al de los libios, que bien lo necesitarán.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. elversodeluniverso / Mar 10 2011 13:35

    😉

  2. Concha Huerta / Mar 10 2011 17:21

    Curioso como la inspiración es capaz de transformar unos fosforos en una población levantada en aras de la libertad. Sera que en el fondo estas realidades no nos son tan lejanas? Un saludo

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