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2 marzo, 2011 / Erik Macbean

El litigio de los viejos

La estancia es amplia, pero rústica. Paredes de piedra sin apenas decoración y una gran ventana en el lateral, con una discreta mesa de madera en el centro, y junto a ella dos butacas. Detrás de estas, en una esquina, ni muy lejos ni muy cerca, una chimenea aloja trozos de roble que son consumidos con avidez por un mar de llamas.

En una de las butacas se encuentra sentado un hombre enjuto tanto en el aspecto físico como en la forma de expresarse, que va ataviado con una toga que alberga en toda su largura decenas de tonalidades grises. El hombre, que responde al nombre de Racional, saborea con moderación una boquilla mientras mira, entre divertido y curioso, a la otra persona que se encuentra en la habitación.

– ¡No puedes ser así! – grita de repente la segunda persona, un hombre igual de alto que aquél al que llaman Racional pero algo más corpulento y que se decanta por una túnica de un rojo extremadamente vivo.

– ¿Y por qué no? – pregunta el primero, mientras se recuesta en su asiento y expira el humo de la pipa.

– ¡Pues porque a veces hay que dejarse llevar, no puedes ir todo el rato pensando en las consecuencias que puede tener dar un determinado paso al frente, a veces hay que saltar y ya está! – argumenta el que se encuentra de pie, visiblemente alterado y levantando los brazos al inicio de cada palabra.

– Es probable que tengas razón, Pasional, pero sólo en algunos casos. Uno no puede estar todo el rato, a todas horas, evaluando lo que podría suceder y lo que podría no suceder, porque entonces las divagaciones seguramente le lleven a uno hasta el infinito….

– …. ¡Eso es!…

– …. Pero, en algunos asuntos es bueno lanzarse con paracaídas, si hay posibilidad de cogerlo antes de saltar. Eso quiere decir que yo puedo perseguir un objetivo, siendo consciente de que voy a disfrutar de él una vez lo alcance, pero también hay que evitar en la medida de lo posible que ese objetivo, una vez alcanzado, nos nuble la mente y nos deje totalmente ciegos.

– ¡Pues lamento decirte que en todo lo relacionado con el amor esos cálculos frívolos no funcionan, por muchas ventajas que puedan aportar si se sucediesen! Cuando una persona se queda prendada de otra no hay razón que valga…

– Ese ha sido, querido hermano, el error de mucha gente a lo largo de sus vidas. Me refiero a dejarse cegar por un sentimiento que, ya sea temporal o eterno, necesita sujetarse en un pilar llamado razón para poder, así, calibrar mejor el camino a seguir. Yo en ningún momento rechazo que dos personas puedan quererse o enamorarse. Todo lo contrario, creo que es un sentimiento maravilloso. Lo que yo rechazo es que eso suceda a cualquier precio y perdiendo de vista un horizonte con el que, antes o después, te vas a topar de bruces.

– Te vuelvo a repetir que eso es incontrolable…

– No, no lo es. Es difícil de controlar en algunos casos, pero no imposible. Evidentemente, si las dos personas que afrontan esa misma situación lo hacen con una mentalidad similar todo será más fácil que si cada una ve una realidad diferente. En cualquier caso es una cuestión de fuerza de voluntad y de evitar taparse los ojos con una venda perfumada ante el medio plazo. De no prescindir de un prisma bañado de inteligencia, a fin de cuentas…

– ¡¡Hablas como un maldito economista, por todos los demonios!! ¡Se trata de amor!

– En esta vida todas las decisiones son económicas. ¿A qué hora salgo de casa?, ¿cuánto tiempo dedico a este quehacer?, ¿dónde debo dormir?…

– ¡Me has entendido perfectamente!

– Cierto, creo haberlo hecho. Si te molesta un lenguaje malsonante por su frialdad de términos, te hablaré en plata. Una persona debe ser consciente de que no se puede enamorar de otra a toda costa y sin importar el precio. Cuando una persona conoce a otra y la atracción se palpa en el ambiente, tanto el uno como el otro deben aprender a disfrutar de esa situación inicial teniendo en mente que ese principio puede ser, además de un principio, también un punto final inmediato en cuanto salga el sol. O un principio y un punto y aparte hasta dentro de un tiempo… o quizá incluso un principio y un punto y seguido. También. Pero hay que tener la suficiente madurez para estar dispuesto a asumir cualquiera de esas tres probabilidades básicas según el contexto, aunque el corazón gima de dolor al hacerlo.

– ¿Y en qué se basa uno para determinar a dónde lleva ese principio? No es fácil apartar los sentimientos cuando acabas de pasar una noche maravillosa con otra persona, ¡por no decir imposible!

– En primer lugar, Pasional, nada es imposible. En segundo lugar, no se trata de apartar ningún sentimiento. El sentimiento debe permanecer para uno ser plenamente consciente de lo que implica sea lo que sea que surja tras esa primera noche, o tarde, o mañana. Lo que no hay que apartar, y sin embargo es lo que muchos erróneamente hacen, es la razón a la hora de tomar una decisión que puede condicionar buena parte del futuro más próximo de esa persona, cuando no de las dos. Eso es, simplemente, descabellado.

– Pero los sentimientos pesan más que la razón en estos casos, en eso estarás de acuerdo…

– Estoy de acuerdo, por eso no admito tampoco que el sentimiento se aparte y se anule. Al contrario. Es bueno tenerlo delante, saborearlo –y en ese momento Racional vuelve a chupar su boquilla– y saber que está presente. Pero la razón debe contar algo. Hay que dejarla hablar. Si la relación en el momento de surgir en un primer momento deja ver a todas luces que va a resultar incompatible continuarla, hay que pensar en términos reales, y no platónicos. Porque la situación es real, no platónica, ¿entiendes?

– ¡Te voy a poner un ejemplo, maldita sea! Pocos meses antes de comenzar la Primera Guerra Mundial, en 1914, un diplomático y joven oficial alemán destinado en Londres se enamoró de una también joven aristócrata británica. Su atracción fue creciendo poco a poco en los meses previos al conflicto y cuando éste parecía inevitable, antes de que el militar y diplomático germano tuviese que regresar a Berlín para defender su patria de la de su amada, decidieron casarse en secreto. Tras la guerra, ella hizo pública la relación y repudiada por su pueblo se exilió con él en Alemania. ¿Si se hubiesen dejado llevar por la razón, qué crees que habría sucedido?

– Se dejaron llevar parcialmente por la razón. La razón no significa no amar a alguien. La razón significa que, si se ama a alguien, uno debe hacerlo, repito, con cierta cabeza. Si la aristócrata inglesa y el oficial alemán se hubiesen movido por la pasión y no por la razón, hubiesen encontrado dos posibles destinos: la deserción de ambos hacia algún lugar desconocido del mundo o el pelotón de fusilamiento, por traidores. La razón fue la que les hizo tomar una decisión arriesgada, pero en cierto modo conservadora. ¿El precio? Estar cuatro años, lo que duró esa guerra, sin verse. La prueba fue dura, pero valió la pena, ¿no te parece?…

– ¡No! La razón en ese momento les exigía separarse y no volver a saber nada el uno del otro para así poder rehacer sus vidas, cada uno en el sitio que les correspondía acorde a su tiempo.

– Es posible que, sólo llevados por la razón, esa hubiera sido la salida. La más fácil. La más cómoda. Un tiempo de nostalgia y luego una vida menos complicada para cada uno. Pero acabo de decir hace unos minutos que el sentimiento debe acompañar a la razón en el análisis. Ni los que sólo utilizan la razón, ni los que sólo utilizan los sentimientos, están en plenas facultades para decidir. Hay que observar y decidir teniendo en cuenta los sentimientos, pero sin dejar que estos te nublen. Tampoco se puede tolerar que la razón lo acapare todo, pues el corazón a veces tiene mucho que decir. Yo argumento, y defiendo, un equilibrio. Ni frío ni calor. Templado. Ni blanco ni negro. Gris, como esta toga que llevo puesta.

– No creo que hayas amado nunca, pues de lo contrario no tendrías la insensatez de plantearlo todo como una ecuación…

– Es que es, como todo en esta vida, una ecuación. Una ecuación que hay que evaluar y que, a diferencia de la ecuación matemática pura, no suele dar un resultado exacto. Por eso es humana y encantadora, porque encierra un gran margen. Como te acabo de decir, en el mejor de los casos el resultado nunca será exacto, sino aproximado. Ninguna decisión está exenta de sacrificios, pero los hay mayores y menores. Y para tratar de elegir los menores, hay que utilizar un cerebro sin averías temporales.

– ¿Y si te dijese que una mujer te espera, pero que ahora mismo tu relación es incompatible con su forma de vida?

Ante esta pregunta, algo envenenada, Racional se queda pensando unos instantes, mientras tuerce el gesto hasta que este se convierte en una mueca reflexiva que es rápidamente sustituida por una discreta sonrisa.

– Si una mujer que merece la pena estuviese esperándome, zanjaría cuanto antes esa espera llegando hasta ella. Y aceptaría ilusionado el principio de nuestra historia. Es todo lo que puedo decir sobre seguro ahora mismo. Entrando en las probabilidades, si de verdad su forma de vida resulta incompatible con la mía, ese principio podría ser, a su vez, el final. De lo contrario, si atisbo una posibilidad real de compartir parte de nuestro camino vital acariciándonos en los rincones de los jardines y discutiendo poniendo al mar por testigo, trataré de establecer un punto y seguido con esa persona.

– ¿Pero y si esa mujer te resulta un ser verdaderamente incompatible sin que eso reste un ápice de su atractivo?, ¿y si te ves forzosamente obligado a rechazar la idea de no volver a tenerla jamás entre tus brazos como en la primera noche?

– Entonces esperaré y me mantendré alerta, por si algún día esa incompatibilidad desaparece. Y en ese caso, tras el punto y aparte establecido con anterioridad, volveremos a retomar el diálogo del amor.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Catherine / Mar 2 2011 16:37

    Me quedé enganchada con este diálogo tan particular…. no está nada mal lo que dice Racional: hay que sentir, pero sin perder la cabeza…

  2. Concha Huerta / Mar 5 2011 15:35

    No se a quién dar la razón si a Pasional o a Racional. La verdad es que cada uno defiende muy bien su punto de vista. Un saludo

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