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1 febrero, 2011 / Jorge Gato

Se me olvidó

Triste es la historia que hoy cuento. Es la historia de quien amó, pero su amor fue confuso; de quien entregó su corazón, pero desconoció a quién se lo entregaba; de quien persiguió, sin saber, la conquista de una quimera inalcanzable. Sucedió así.

Fue el suyo un roce metafísico, intangible. Fue una primera cita sin primer encuentro, fue un encuentro sin ni siquiera encontrarse. Las teclas se hundieron apremiantes en secuencias moderadamente meditadas mientras en el monitor surgió un baile de letras bañadas en color que componían frases simpáticas y esmeradas. El repaso colorido y animado por los gustos, habilidades y aficiones de ambos sirvió para iniciar un juego distante de afinidades que pronto convirtió los minutos en horas, y las horas en días. El carácter confesional del monitor y la pausa que concede el teclado avivaron la relación, su profundidad y su fortaleza. Sincerarse con un rectángulo que devuelve nuestra confesión sin juzgarnos, en silencio, de forma literal, ordenada y coloreada, es siempre más fácil que adentrarse en esos amplios abismos que ocultan los párpados ajenos. Y, por supuesto, la mesura que otorga el teclear, que nos libera de reacciones espasmódicas, de comentarios apresurados y de opiniones sin madurar, enriqueció el tono de su interrelación aunque la hizo carecer de matices y de espontaneidad. A ambos les pareció suficiente.

No resulta un problema ser partícipe de las cualidades físicas de otra persona por distante que ésta se encuentre. Largas horas dedicó a contemplar su variedad de sonrisas en las fotos que compartió con él. De día o de noche, estuviera triste o alegre, hiciera calor o frío, siempre tenía aquella formidable colección de sonrisas a su alcance. La sonrisa complaciente, la sonrisa fingida, la sonrisa divertida, la sonrisa etílica. Siempre su sonrisa. Siempre igual de inmóvil, de estéril. Y no se dio cuenta. No reparó en lo solo que aquella sonrisa lo hacía sentir, no reparó en que, por mucho que lo imaginara, aquella sonrisa nunca precedía a una palabra dulce, ni a una caricia tierna, ni a una discusión acalorada. Intentó acompañarla de sensaciones, de experiencias. Trató de rellenar, en vano, aquellas fotografías con imágenes cotidianas, todas inventadas y falsas. Al final era siempre su sonrisa. Solo su sonrisa.

Las extraordinarias posibilidades comunicativas no ayudaron a compensar la distorsión perceptiva que acompañó y vició la relación desde el principio; muy al contrario, contribuyeron a agravar un vacío artificialmente saciado y cada vez más amplio e irreversible. Podía sentirla cerca a cualquier hora del día y de la noche, a través del teléfono o de Internet, aunque realmente aquel cerca nunca existió. Y quizá por eso pudo confundirlo con tanta facilidad, quizá por eso no supo que aquello que nos acerca una parte de alguien no está programado para acercarnos toda la dimensión de su ser. Es posible que sí se diera cuenta, que con el paso de las semanas fuera capaz de visualizarse recurriendo a partes distintas de ella, partes que nunca estaban juntas en el mismo sitio ni al mismo tiempo. Hoy era su voz, mañana su sonrisa. Siempre igual de maravillosas. Siempre igual de etéreas y distantes.

Así envejeció nuestra historia, perdidos en algún punto entre el amor físico y el platónico, ninguno menos real que el otro; uno, a menudo, más satisfactorio que el otro; el otro, constantemente, más duradero y persistente que el uno. Y supongo que en algún punto se me olvidó. Se me olvidó que mi monitor no igualaba su rostro, que su garganta no tenía ni la forma ni el sonido de mi teléfono, que su piel no tenía el mismo tacto que mi teclado. No supe que mi habitación estaba el doble de vacía cada vez que hablaba con ella, que ninguna de las sonrisas de aquellas fotos la había provocado yo, que los colores de sus letras nada me decían de su olor ni de su sabor. No lo supe y, ahora que lo sé, quisiera no saberlo. Porque me gustaría volver a acariciar su piel con tan solo escribir esto, y volver a ver su voz en mi teléfono, y que su sonrisa fuera lo único que este maldito monitor proyectara. Pero supongo que ya no es posible. Esto es todo plástico. Solo plástico.

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3 comentarios

Dejar un comentario
  1. Nanna Loret / Feb 1 2011 21:25

    Yo que me he quedado varias veces absorta con las fotografías que mencionas, no podría estar más de acuerdo con todo lo que expresas… aunque creo que no existe nada mejor que ver como nace una sonrisa y se expande, la has vivido o las provocado, eso no tiene precio, al menos en mi escala de valores nada puede superar eso n__n

    Ahora cuando veo alguna foto de ese estilo, simplemente le doy un vistazo y me marcho a la retandome: “hoy no me dormire hasta ver una igual de bonita”

  2. micromios / Feb 4 2011 19:02

    Estupenda reflexión que viene muy bien en este medio.
    Nada hay comparable al calor de una sonrisa ante ti ni al roce voluntario de una mano.
    Salut

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  1. ¿Algún plan para marzo? « Cumbres sin ecos

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