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24 enero, 2011 / Jorge Gato

La gripe en cuatro noches

Angustia. Fue el punto de partida. Una mala noche sin motivo alguno, sin síntomas concretos. Una de esas noches en las que la cama se te queda pequeña, las sábanas pican como nunca antes y en tu cabeza aparecen centenares de ideas perturbadoras, confusas e inconexas. Deja tras de sí la sensación de no haberte dejado conciliar el sueño ni un momento, aunque en realidad sí lo haces; precisamente eso contribuye al caos neuronal que te lleva a no saber si lo que piensas lo has vivido, lo estás viviendo o ninguna de las dos cosas. El poder de Virus ya está en tu interior.

Dolor. Llega en la segunda noche como colofón de un día mediocre. Se le pueden sumar algunas décimas de fiebre, problemas estomacales, picor, tos, estornudos… En mi caso el dolor se agarró a la garganta y se acompañó de un poco de fiebre y de tos. Esta noche ni duermes ni dejas dormir. Cada vez que cierras los ojos ves gargantas gigantes irritadísimas que te engullen y fagocitan mientras toses y evitas tragar porque te horroriza volverte a enfrentar a ese dolor infernal. Mala noche, mala de verdad.

Asfixia. Dos noches sin dormir, dos días esperpénticos. Tu cuerpo demostró con fiebre que ya libra una batalla encarnizada contra Virus, pero por si te quedan dudas de su vigor bélico, aquí llega la congestión nasal. La congestión nasal es uno de los peores inventos de la Naturaleza; es mal invento en sí mismo y también por extensión. No poder respirar es incomodísimo, además a mis ojos les da por llorar como magdalenas cuando la congestión es elevada. Afortunadamente, hay un conducto B por el que poder respirar sin agobio… ¿Sin agobio? A la sequedad de boca que genera a corto plazo se le une el agravamiento del dolor/picor de garganta que ya vienes padeciendo desde la noche anterior. Mientras lloro me doy cuenta de que esa noche tampoco dormiré.

Resurrección. Tres noches para olvidar, tres días para olvidar. Por fin llega la cuarta noche. La garganta no ha dejado de dolerte totalmente, ni la congestión ha caído en el olvido; puede incluso que haya transcurrido poco tiempo desde que te has librado de la última décima de fiebre. Pero esta noche, contra todo pronóstico, por fin duermes. Del tirón, sin complicaciones. Y te levantas y en el espejo ya no te pareces un gusano, y aunque sigues hablando con esa voz nasal terrible eres capaz de contar cosas divertidas, y aunque tienes la nariz escocida de tanto roce no te da vergüenza pasearla por el mundo. Virus tardará todavía unos días en abandonarte por completo, pero has dejado de ser un despojo; el enfermo ya no se siente tan enfermo.

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