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8 enero, 2011 / Jorge Gato

Captores

Había cierto amor en sus ojos mientras lo maniataba y amordazaba. Acariciaba las extremidades que a continuación ensogaría con esmero, compasivo, sin intención de herirle o humillarle más de lo estrictamente necesario. No es fácil asumir la nueva condición de rehén, y eso él lo entendía bien pues muchas otras veces tuvo que secuestrar, tantas que ya ni recordaba los ojos de todos ellos. Aunque sí recordaba esa expresión de terror y desconcierto común a todos ellos, una expresión singular, lejana a cualquiera que se pueda ver normalmente y de la que aún no se había podido desprender pese a haber alcanzado un nivel admirable de insensibilidad con el lento caer de los años. Por eso procuraba ser escrupuloso con el procedimiento, no podía hacer concesiones al azar ni permitirse dejar ir una pieza tan valiosa por simple humanidad. Al fin y al cabo se ocuparía de él durante los próximos meses. Mecanizando al máximo el trato evitaría cualquier arrebato moralista o paternalista que le impidiera realizar su trabajo como se esperaba de él.

Así pues concluyó el proceso de atado. Había quedado bien, convenientemente inmóvil pero no demasiado incómodo, al menos a la vista. Los años de práctica lo alzaron a la categoría de artista de la cuerda, aunque dudaba que pudiera exponer alguna de sus obras para el gran público. Se habría sorprendido de haberlo intentado. Pero se conformó con la satisfacción íntima y solitaria de la inmovilización en cuartos sumidos en la penumbra, decorados con humedades, silenciosos, fríos. Ahora tocaba enjaularlo. No por miedo a una fuga, no confiaba en la posibilidad de tener a un prestigioso escapista a su cuidado, pero facilitaba notablemente su transporte y almacenaje.

Yacía ya el capturado en su jaula. Tenía el espacio justo para revolverse miserablemente sin que la sensación de angustia invadiera al observador. Porque para eso estaba allí confinado, para ser el divertimento de algunos de sus semejantes, para que aporrearan sus recién heredados barrotes entre risas y sonrisas, para ser el bufón de un circo minúsculo y sin salida. Todo estaba calculado. Se le desataba cuando el show para el que había sido elegido iba a comenzar, así conseguían una ilusión de libertad que lograba engañar al público pero no, por supuesto, al capturado. Se retorcía agónicamente con la esperanza de que alguien entendiera todo el terror que su baile escondía, pero nunca llegó a suceder. Al menos no así.

Aburrido ya de sus barrotes, decidió cambiar de estrategia. Sus acostumbradas convulsiones dejaron paso a la serenidad, a movimientos estudiados y tiernos que hacían las delicias del gran público. Logró ser la jaula más visitada cada día. Y poco duró así, ni una semana. Alguien se encaprichó de su gracilidad y dispuso sobre una mesa todo lo necesario para llevárselo, para sacarlo por fin de aquella jaula que le había albergado los últimos meses; y lo hizo sin ningún problema. Apenas una caricia de su captor selló definitivamente la historia de su secuestro. Lo ató, lo amordazó, lo enjauló. Pero también lo bañó, lo acarició, lo alimentó. Fue una fiel compañía durante todo su cautiverio, se preocupó y ocupó de él en todo momento. Había algo raro en todos aquellos raptores, no mostraban desprecio ni indiferencia, era más bien amor, cariño. Igual que todas las personas que pasaron por delante de su jaula. Pero eso no evitaba que unos siguieran realizando su trabajo con una precisión milimétrica, enjaulando las libertades de todo aquel que tenía el infortunio de caer en sus manos; ni que los otros hicieran oídos sordos a todo el sufrimiento que él, como muchos más, intentaban expresar en sus frenéticas danzas. ¿Qué explicación podía haber?

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