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17 diciembre, 2010 / Jorge Gato

El ataque del conejo

Este es el relato de otro asalto nocturno, de otra historia entre sábanas. Y, al contrario de lo que el título pudiera sugerir en un pícaro primer vistazo, no va de comida el asunto.

La realidad es que estoy de psicólogo. Lo he demostrado sobradamente en algunas de las entradas que he publicado en este blog y en alguna otra que debería escribir, como una que relate el sueño en el cual alguien me clavaba una barra de metal en el pecho y la retorcía mientras, tendido boca arriba en el suelo, sentía cómo se tronchaban mis costillas y mi organismo colapsaba. De momento he aireado paranoias con ventiladores, frenesís parricidas, ataques de pájaros ruidosos e invisibles, embobamientos con paredes… De psicólogo vamos. Sin embargo esta vez no parte de mí el suceso, sino que más bien me asalta cobijado en la oscuridad de la noche y valiéndose de mi completa indefensión al estar plácidamente dormido.

Duermo debajo de un par de baldas de madera no muy grandes pero capaces de albergar una infinidad de cosas de dudoso gusto en su superficie. Se pueden encontrar antiguos trofeos escolares, tazas de Bugs Bunny o el Correcaminos, peluches, relojes, latas, banderas, la escayola que me pusieron cuando me fracturé la muñeca e incluso una bandurria. Afortunadamente, el cobarde ataque del que he sido víctima ha corrido a cargo de un peluche y no de otro objeto más sólido.

No sé qué hora sería, no me he molestado en comprobarlo. Sé que en la casa había una calma total y que no había prácticamente nada de claridad, indicios suficientes para suponer que el ataque se ha producido de madrugada. Dormía pues con el vigor de quien se siente en el cenit de su descanso cuando algo me ha impactado en el pecho, no violentamente, no ha habido dolor, pero obviamente he despertado con un excepcional sobresalto. No he sentido que mi pulso estuviera desbocado, ha sido más bien un súbito abrir de ojos para intentar defenderme del ultraje al que había sido sometido. Tras unos pocos segundos algo desorientado, por fin he logrado dar con el osado personaje que ha decidido saltar al vacío sin cuerda ni paracaídas: un adorable conejito de peluche con problemas de estabilidad debido a que sujeta una zanahoria que degusta rebosante de simpatía pero que le vence hacia adelante. Una vez identificado el sujeto hostil y, afortunadamente, sin muchas ganas de preguntarme por qué si lleva años sin caerse de repente lo ha hecho, he dado media vuelta en la cama y me he reenganchado enseguida a la actividad de la que había sido apartado salvajemente y a la que tanto tiempo dedico, es decir, a dormir.

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