Skip to content
11 diciembre, 2010 / Erik Macbean

Nuestros abuelos

He nacido en el año 1985, así que tengo 25 años.  Y a veces no sé si considerarme afortunado o todo lo contrario.

Afortunado al poder levantarme por la mañana, coger el coche y plantarme en mi trabajo sin demasiadas preocupaciones. Después puedo decidir entre acudir a mis clases en la universidad o dedicar la tarde a pasear de la mano con una chica, charlar con un buen amigo entre cervezas de importación alemana o simplemente estar a solas, leyendo un buen libro, a la sombra de un sauce llorón mientras el fin de semana me dedico a planear viajes, estrenar el último videojuego que han sacado para PlayStation o tumbarme en el sofá y leer la prensa de manera relajada sintiéndome tremendamente agradecido por estar a miles de kilómetros de Kabul. Cuando pienso en todo eso me siento afortunado por llevar una vida cómoda y apacible. Pero a veces me da por pensar. Unas veces son chorradas. Otras, reflexiones intensas. Algunas de estas últimas son las que me llevan a meditar sobre lo desafortunada que es mi generación y las que vienen inmediatamente detrás.

Suele pasar tras realizar algún viaje aleatorio en el metro. Es ahí donde a veces, de manera inconsciente, realizo una comparación que me atormenta durante el resto del día si se dan las circunstancias adecuadas. Tales como la siguiente. A un lado del vagón se encuentran cuatro adolescentes hablando a gritos, riéndose de forma escandalosa y comentando sin pudor alguno lo guarra que es Noemí, la que ha repetido segundo de Bachillerato. No demasiado lejos se encuentra un señor mayor abrigado por una trenca y una boina. El anciano tiene las dos manos apoyadas sobre su bastón y observa a los jóvenes charlatanes en silencio. Estos, sin percatarse de la presencia del octogenario, siguen con su conversación a voz en grito. Ahora hablan de lo bien que se lo monta Juan, un tipo de su edad que al parecer no ha currado en toda su vida pero que cuenta con no sé cuántos cientos de euros a la semana gracias al dinero que le suelta su padre. También hablan de Arturo, que con diecinueve años se dedica a montárselo con señoras de cincuenta; una diferente cada semana. Según dicen, buena parte de lo que cobra por el polvo se lo gasta en cocaína que luego utiliza para mantenerla dura en esas sesiones de sexo forzado si se alargan más de lo previsto. Luego un tal Antonio explica cómo el año que viene no va a hacer nada de nada, salvo presentarse a las pruebas de selección del próximo Gran Hermano, a ver si hay suerte y se forra. Con la pasta que pretende ganar montará una discoteca en Ibiza y tratará de tirarse a todas las guiris que pasen por allí. Los demás le desean suerte en la misión, aplauden su inteligencia y el saber montárselo en esta vida. Lo normal.

El anciano, mientras tanto, sigue atento a la conversación.

Muchas veces no percibo ningún tipo de emoción en su mirada más allá de una curiosidad natural. Pero otras, las menos, atisbo reacciones. Son personales, apenas perceptibles para la señora que carga con las bolsas del Carrefour sentada a su lado o para la pareja que se besuquea en la esquina del vagón ajena a todo y a todos. Ni que decir tiene que el propio grupo de chavales ruidosos sigue a lo suyo. Pero si uno se fija con atención puede comprobar cómo el señor mayor suspira, baja la mirada, menea sutilmente su barbilla de un lado a otro y deja poco a poco de atender a lo que le rodea. Su mente se ha largado a otro lugar. Intuyo que se encuentra sumergido en recuerdos y experiencias. Y yo, anónimo testigo de ese viaje íntimo al pasado, trato de seguir sus pasos intentando imaginar, por su edad y el aspecto que tiene, en qué estará pensando.

Pudo ser un joven falangista que a mediados del siglo pasado cogió sus armas y se largó a Polonia; a combatir al enemigo soviético. Pero también pudo ser un miliciano de la CNT que trató de impedir el avance de las tropas nacionales en la trinchera que aún se conserva en la Ciudad Universitaria de Madrid. O quizás no combatió en ningún conflicto pero fue uno de los millones de huérfanos que éstos dejaron, acostumbrado a comer según dictaminasen las cartillas de racionamiento y sin haber conocido a ocho de sus diez hermanos, mientras los dos que quedaron tuvieron que pudrirse en la bodega de algún barco que navegaba en dirección a Buenos Aires o en un gulag ruso.

También es posible que el anciano sea francés. O alemán. O inglés. En tal caso pudo haber combatido en mil batallas, desde las sucedidas en el Norte de África hasta las del Frente Ruso, pasando por la del bosque de las Ardenas o la fallida Operación Market Garden impulsada por el mariscal británico Montgomery. Aunque también cabe la posibilidad de que no viviese en sus carnes ninguna de ellas pero, años más tarde y ya con edad para tener conciencia, echase de menos a los parientes que se quedaron al otro lado del muro de Berlín, algunos de ellos desaparecidos para siempre de su memoria.

Qué más da.

Aquellos eran otros tiempos. Los libros de Historia nos hablan de las penurias y el horror de aquella época. Los monumentos repartidos por todo el mundo nos explican, a su vez, el arrojo y la valentía que, durante una serie inviernos, caracterizaron a miles de jóvenes que dedicaron los mejores años de su vida a luchar por sus convicciones, cualesquiera que fuesen, o por su mera supervivencia y la de sus seres queridos. Y aún así ignoramos por completo ese pasaje de nuestra Historia y, lo que es peor, a sus protagonistas. A aquellos que le echaron un par de cojones en la vida. U ovarios, en el caso de los millares de heroínas anónimas. Gente que pensaba en algo más que en follar, dormir plácidamente hasta las tantas y enriquecerse a toda costa realizando el menor esfuerzo posible en el proceso. Esos que fueron testigos de un período en el que la comodidad era un lujo desconocido para muchos, en cuyo lugar se encontraba la dignidad de dar la cara frente a las adversidades más temibles que uno pueda imaginarse. Ignoramos, en definitiva, a los padres y abuelos del entorno en el que ahora nos divertimos mientras, de pasada, vivimos. Sin mirar atrás ni siquiera con una pizca de curiosidad.

Cuando dejo mis cavilaciones de lado y vuelvo a ser consciente de la realidad que me rodea observo que los adolescentes del vagón siguen totalmente absortos en su conversación, que ahora trata sobre el último modelo de iPad aparecido en el mercado, el cual todos van a pedir en Navidad. Sin embargo, el anciano ya no está. En su lugar hay un asiento vacío. En ese momento me entran ganas de llorar. No por esa persona mayor, pues aunque viva en el olvido llegará un día en el que será recordado eternamente. Quiero llorar de autocompasión. Por mí. Por nosotros. Por los que nacieron en el año 1985. Porque nunca hicimos nada por lo que hayamos merecido disfrutar de una larga vida en paz como la que tenemos, a diferencia de muchos otros que hace años se la ganaron y jamás pudieron aprovecharla.

Anuncios

2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Natalia Bravo García / Dic 10 2011 3:42

    lloremos juntos.

    • erikmacbean / Dic 10 2011 18:00

      Un par de recomendaciones al respecto, por si acaso las desconoces:

      – La serie ‘Hermanos de Sangre’.
      – El libro ‘Requetés’.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: