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2 diciembre, 2010 / Jorge Gato

Ensordecido

Juraría que la claridad de la mañana ya se abría camino a través de las rendijas de la persiana. Deambulaba confuso por los alrededores de la frontera que distingue el sueño de la vigilia, aunque lo de distinguir sea más bien inexacto. La situación no permitía establecer ningún razonamiento lógico que arrojara algo de luz sobre mi estado; de este modo, es difícil precisar si estaba más cerca de estar dormido que de estar despierto o viceversa. La sensación de dar vueltas en la cama podría darme una pista, pero el absoluto y disparatado caos de mis circuitos neuronales apuntan en sentido contrario. En cualquier caso podía soportar esa ambigüedad tantas otras veces experimentada, es cuestión de tiempo que uno de los dos lados de la balanza te arrastre definitivamente entre sus fauces, cayendo de nuevo en un profundo y placentero sueño o teniendo que plantar cara a los desafíos propuestos por el nuevo amanecer.

Mientras intentaba resolver el puzzle, medio centenar de pájaros vinieron a posarse sobre mi oído izquierdo. Quizá fueran dos centenares de ellos. Un ruido ensordecedor aunque inaudible para todos los demás seres que me acompañaran en cualquiera que fuera aquel lado de la realidad se encargó de transformar una sensación ya de por sí incómoda por su indefinición en una rudimentaria e insoportable tortura. La imposibilidad de espantar a la fuente de aquella barahúnda me desquiciaba. Todavía no había sido capaz de saberme dormido o despierto, y sin duda aquel estruendo inagotable alojado en mi oído interno no contribuía a aclarar la situación o facilitarla. Los pájaros habían construido su nido, que más bien era colmena, en el interior de mi cabeza y cantaban con la euforia de la que solo hacen uso en las mañanas de verano. Pero no era un canto ni vitalista ni enternecedor, era una distorsión insoportable, aguda y chirriante. Recordé, aún no sé si despierto o dormido, haber leído sobre casos psiquiátricos en los que alguna gente oía con claridad sonidos que solo estaban en su cabeza, a veces durante todo el día, y de los que en ocasiones no llegaban a desprenderse nunca. Desde luego esto no ayudó a serenarme. Tuve la sensación de que no podría soportarlo mucho tiempo, convine que acabaría por enloquecer a corto plazo si aquel infame padecimiento se alargaba demasiado. Traté de dormirme con todas mis fuerzas, esperando que los pájaros hubieran emigrado de mi cabeza antes de volver a despertar. Aun atemorizado por el “¿y si siguen ahí?”, conseguí conciliar el sueño. Desperté en silencio, se habían marchado.

Espero que no hayan anidado en vuestras sienes.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. micromios / Dic 3 2010 7:33

    Los pájaros solo anidan en mi cabeza en otoño, en verano lo hacen los vendedores de helados y en primavera los tacones de zapatos. Por suerte en invierno lo hacen los copos de nieve que aunque frios, son silenciosos.
    Muy buen relato

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  1. ¿Algún plan para marzo? « Cumbres sin ecos

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