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29 noviembre, 2010 / Erik Macbean

De secretos e ignorantes

No podía ser de otra manera. En esta famosa y prestigiosa bitácora hemos defendido la labor del portal Wikileaks en varias ocasiones, así que ahora no podemos permitirnos el lujo de defraudar a los centenares de lectores que nos siguen diariamente y no comentar nada sobre lo acontecido el domingo 28 de noviembre. Una jornada que ha tenido como principales protagonistas a Julian Assange, director de orquesta del proyecto más ambicioso y aplaudido de los últimos tiempos, y a toda la información filtrada gracias a él (y su equipo).

No obstante, la óptica de este artículo va a ser diferente a la esperada por la audiencia. Porque es tontería ponerse a relatar lo que ha sucedido. Lo dan en todos lados: Wikileaks ha otorgado a The New York Times, The Guardian, Le Monde, El País y Der Spiegel no sé cuántos mil documentos que dejan al descubierto las confidencias de la política exterior estadounidense. La verdad es que puede que en muchos casos no pase nada grave tras todo este revuelo. Aunque también puede suceder que en otros muchos casos pase algo. Pero de lo que no cabe duda es de que en Washington tienen un problema. En el mejor de los contextos, diplomático. En el peor, ya veremos.

En cualquier caso lo más desolador de todo el asunto no es que se haya sabido que los saudíes quieren borrar a Irán del mapa, o que Berlusconi es un putero en potencia. Incluso la confirmación de que la CIA, la DEA o quién demonios fuera estuviese metido hasta las cejas en el último conflicto de Honduras es algo baladí si tenemos en cuenta el impacto social de esta “histórica” -así la califican en diversos medios de comunicación- revelación.

Aquí lo verdaderamente deprimente viene cuando te pones a hablar con varias personas sobre este asunto. Todas ellas con una educación mínima y en proceso de licenciarse en materias como la Economía, la Historia o el Derecho. Cuando no tienen ya el diploma colgado en la pared, que también los hay. Aunque quizás ‘hablar’ no sea el término adecuado, básicamente porque no tenían ni puta idea de lo que estaba diciendo. Digamos que me he limitado a informar del acontecimiento para posteriormente sufrir un desengaño terrible.

Wikileaks, perderás la batalla. No por culpa de las presiones gubernamentales, las amenazas encubiertas o el acoso judicial. En absoluto. La culpa será de una sociedad que no merece el esfuerzo. Hasta que no les estalle una bomba en la esquina de su calle les dará todo igual o, a lo peor, centrarán una atención sesgada en un conflicto equivocado.

Como decía el otro autor de este blog hace unos días: gatillazo.

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