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15 noviembre, 2010 / Erik Macbean

Felicità!

La felicidad es algo muy relativo, a pesar de que haya mucha gente que no crea en ese concepto tan útil a la hora de entender las cosas.

Me refiero a que ese estado –transitorio- que conocemos como ‘felicidad’ suele transmitir el mismo sentimiento a todo el que lo experimenta, esté donde esté y sea quien sea, pero sin olvidar que es relativa la forma de conseguirlo. Es decir, que los caminos que utilizamos para llegar a él tienden a ser diferentes e incluso, muchas veces, contrarios. En otras palabras, que en la mayoría de las ocasiones se logra a costa de la infelicidad, provocada o involuntaria, de otras personas.

Aquí tres ejemplos para demostrar mi teoría.

El extremista. Basándonos en hechos reales. Un 11 de septiembre de 2001. Dos aviones se estrellan a propósito contra el World Trade Center de Nueva York, más conocido como twin towers. O sea, las torres gemelas de toda la vida. Los familiares de los miles de fallecidos en el atentado terrorista están horrorizados. Llenos de rabia y dolor. Estados Unidos al completo padece más o menos los mismos síntomas y en Europa todos con los huevos de corbata y jugando al pito pito gorgorito para ver quién será el siguiente del equipo en caer. Infelicidad total. Dolor. Tristeza. Enfado. Miedo. Y a miles de kilómetros de distancia, centenares de ‘barbudos’ con turbante dando saltos de alegría. Y puede que me quede corto con la cifra. Es decir, que en algunos lugares de Afganistán hay felicidad al mismo tiempo que se extiende un sentimiento totalmente contrario en el llamado mundo occidental.

El cotidiano. Va el Real Madrid y le mete cinco goles al Fútbol Club Barcelona el próximo 29 de noviembre. En Madrid hay fiesta. Felicidad. En Barcelona desilusión, algún llanto y puede que incidentes con la policía. Ya saben, Barcelona ciudad combativa siempre y todo eso. Es decir, infelicidad e impotencia en la ciudad condal mientras que en la capital española se emborrachan de alegría.

El curioso. Un guión de cine raro y atrevido. Llega a la mesa de una gran productora de Hollywood. El director corporativo, o el que sea que tome esas decisiones, mira el montón de folios con desdén y luego, alzando la vista y sin poder disimular un gesto de incredulidad por el atrevimiento, devuelve el documento al que pretendía colocárselo. Dos años después una productora local alemana, por ejemplo, coge ese guión y con un presupuesto mínimo realiza una obra maestra que se convierte en la película del año con la que todos los implicados ganan un pastón. Felicidad en la productora pequeña por el éxito y el heroísmo de haber logrado sacar adelante un proyecto utópico. Infelicidad en la gran productora estadounidense que ha visto escapar, en tiempos de crisis, un montón de dinero. Y más infelicidad aún para el responsable de haber desestimado ese prometedor guión. Incluso puede que pierda el trabajo, caiga en una depresión y se suicide. Es decir, un drama mientras en otro lugar del mundo, y por el mismo asunto, se brinda con champagne.

Conclusión de todo esto: los campos verdes recibiendo el brillo de un sol radiante y llenos de flores no suponen la felicidad, muy a pesar de los hippies y porreros varios (que a su vez serían felices con la muerte de un agente de la Unidad de Intervención Policial, probablemente y por citar un cuarto ejemplo).

Así que ese sentimiento tan complicado y tan difícil de retener se consigue al lograr –o que se den por cualquier circunstancia- una serie de objetivos. Y lograr esos objetivos significa que tú ganas y alguien pierde. A la larga o a la corta. Con intención o sin intención. Tú ríes y otro llora.

Lo digo por todas esas personas que afirman buscar “sólo la felicidad” en esta vida. Como si eso fuera pedir poco. Échense a temblar.

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