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10 noviembre, 2010 / Erik Macbean

Amigos en el infierno

Esta tarde me ha dado por imaginarme cómo sería mi existencia en una cárcel. Vaya por delante que, aunque he pasado cerca de muchas en lo que llevo de vida, nunca he decidido entrar y nunca han llegado a meterme (que no es lo mismo).

El caso es que estaba reflexionando sobre cómo sería mi rutina en un centro penitenciario cualquiera. O, más que rutina, mi perseverancia a la hora de evitar caer en una depresión crónica o en una locura igual de crónica –aunque previsiblemente más breve-. Y he llegado a la conclusión de que, probablemente y especulando mucho con todo tipo de teorías, haría amigos. Sí, amigos. Casi seguro que serían buenos, o por lo menos lo suficientemente buenos como para evitar que me corte las venas o me exploren el ano en las duchas. Que no es poco, tal y como está el patio.

Una frase muy interesante es la que me repitió mi abuelo una vez: “Querido nieto, hay que tener amigos hasta en el infierno”. Supongo que la cárcel es lo más parecido al infierno que me puedo imaginar, no tanto por las condiciones higiénicas o la comida como por la desesperación que supone ver que tu futuro nunca llegará a tocar las nubes con las que tanto soñaste cuando eras pequeño y en el parvulario afirmabas plenamente convencido de tus capacidades que si no conseguías llegar a ser futbolista de élite intentarías aquello de ser astronauta.

Somos animales de compañía, no podemos evitarlo. Llaneros solitarios hay pocos, por eso están tan valorados. Y sé que, probablemente, si algún desgraciado día doy con mis huesos en alguna trena de mala muerte, ya sea en Madrid o en Mongolia, terminaré, si algún agraciado día vuelvo a ver la luz del sol sin barrotes de por medio, echando de menos a alguien de los de dentro. Quizás a varias personas.

De lo que no me cabe demasiada duda es de que, dado el caso, cuando sea un anciano con mucho tiempo libre y poco dinero en el bolsillo, recordaré a esa persona o grupo de personas con más intensidad y nostalgia que a muchos otros colegas que van, vienen y hasta se quedan un rato en el umbral de tu trayectoria vital compartiendo birras en la playa y cosas así. Los tendré en alguna parte bonita, hermosa y reservada de mi cerebro por haberme ayudado a superar el infierno terrenal que supone la falta de libertad y la ausencia de toda perspectiva. O quizás para no olvidar las caras de los que me encontraré de nuevo una vez muerto, cuando me estén comiendo los gusanos, allá abajo. En presencia del mismísimo Lucifer.

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