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2 noviembre, 2010 / Jorge Gato

Sinceridad, vaya mentira

Últimamente he tenido la inmensa fortuna de asistir a múltiples enaltecimientos públicos de las virtudes y bondades de la sinceridad. Se han producido mayoritariamente en programas de televisión donde la sinceridad parece ser la panacea para desarrollar una vida feliz y plena, tener un montón de amigos maravillosos y que todo el mundo te quiera y aclame allá por donde camines.

Los realities me resultan profundamente entretenidos e interesantes en su mayoría, ya que poder disfrutar de las interacciones sociales de gente de toda clase atrapada en situaciones de lo más diverso sin tener que involucrarme en ellas siempre me ha parecido una oportunidad fascinante e imposible de despreciar. Hay muchos tipos de reality: de convivencia diaria como los que todos conocemos, al estilo de los ya consagrados Gran Hermano o Fama; otros más livianos en los que se persigue encontrar el amor verdadero, como Hombres y mujeres y viceversa o Granjero busca esposa; incluso algunos que buscan la aventura pura y dura, ya sea recorriendo países a pie y con un euro de presupuesto al día –Pekín Express-, perdiéndose en junglas inhóspitas o desiertos inmisericordes –Perdidos en la tribu-, o intentando educar a chavales problemáticos o con poca cultura y hábitos escasamente glamourosos –El campamento o Las joyas de la corona-. Para gustos se hicieron los colores y, para gustos, se adaptaron los realities.

Es curioso que donde mayores halagos recibe la sinceridad es en las modalidades de convivencia y búsqueda del “amor verdadero” -y lo pongo entre comillas porque no confío mucho en las posibilidades reales de encontrarlo en según qué programa concreto-. Siempre me ha parecido que la sinceridad es una cualidad decente pero inadmisiblemente sobrevalorada, lo que puede llevar a mucha gente a caer en el error de ser sistemáticamente sincera y, todavía peor, vanagloriarse de ello. Esta gente es, sin duda, la peor para convivir o enamorarse.

A mí, por ejemplo, no me interesa que la gente sea sincera conmigo todo el rato. Y según qué gente me da completamente igual que no lo llegue a ser nunca. Me disgusta un poco la falta de sinceridad cuando conlleva la pérdida de tiempo en alguna materia o se ocultan motivos de molestia y/o enfado que se podrían solucionar rápidamente con un distendido intercambio de palabras. Pero fuera de ahí, la mentira me parece un recurso a menudo muy útil para hacer más llevadera la interacción con el resto de los seres humanos. No digo que haya que ser falso todo el día todos los días, ni mucho menos, pero si todos decidiéramos ondear la bandera de la verdad acabaríamos odiándonos sin remedio posible. Los sinceros pueden existir porque hay muchos otros que no decimos la verdad siempre. Hay algunos pensamientos o impresiones que tienen necesariamente que quedarse a cubierto, son de uso personal e intransferible, imposibles de comunicar a los demás y menos aún a la persona interesada. No quiero saber si te parezco un idiota, échame una sonrisa falsa y dame un apretón de manos mientras te carcomes por dentro. Además quien se toma un tiempo para estructurar una mentira que contarte en cierto modo se preocupa por ti, está asumiendo una molestia extra sólo para que tú no sufras o reacciones mal a su verdad.

Por eso decía que me sorprende que la sinceridad sea un bien tan preciado en los programas de convivencia o amor. La verdad es un agente de fricción de primera magnitud en las relaciones sociales, especialmente con desconocidos de los que no tienes una opinión formada ni sabes de qué pie cojean. Las primeras impresiones son importantes pero muy frecuentemente equívocas, por lo que una incontinencia de ese tipo puede conducirte a emitir juicios disparatados y convulsos de los que luego deberás retractarte no sin cierto sonrojo y con una irreversible pérdida de prestigio, respeto y confianza de los demás. Sin embargo, en un programa como Pekín Express, la verdad puede resultar mucho más útil que la mentira: “Si te cagas dímelo que tendremos que pedirle al filipino éste que pare, y eso nos puede llevar un poco de tiempo”. Allá tú si mientes.

Y del amor qué decir, si el amor es un engaño en sí mismo, te hace ver cosas perfectas donde sólo son buenas y no ver agujeros negros aun cuando caminas sobre ellos. Desde luego es aconsejable no aparentar nunca ser quien no eres, pero todos jugamos a potenciar nuestros posibles, y a veces nuestros imposibles también. ¿Te gustan mis pies? Sí cariño, me encantan (aunque espero que te dejes los calcetines hasta para ir a la playa). Qué hacer aquí. ¿Lastrar una relación que podría funcionar expresando tu descontento con sus pies aunque en realidad no te importe ni una quinta parte de lo que a él/ella le importará escuchar que no te gustan? Tus pies son preciosos, como toda tú amor.

Y un aviso a navegantes. No son pocas las veces que he escuchado a un sincero sistemático escudarse en su constante uso de la verdad para que las dentelladas no rasgaran su piel. “¡Encima de que soy sincero! Lo fácil para mí habría sido callarme y malmeter por la espalda, deberías estarme agradecido porque hay otra gente que lo piensa y no te lo dice”. NO. Y no se me ha escapado la “o” mayúscula. NO. Tu sinceridad sólo tiene valor por sí misma, es decir, cada uno podrá valorar en mayor o menor medida lo que le gusta que le hayas dicho la verdad. Pero si lo que tu sinceridad deja entrever es que eres un perfecto gilipollas, que hayas sido sincero no rebajará en ningún caso tu grado de gilipollez. Un ejemplo reciente. “He echado a esa chica porque, aunque parece interesante, tiene un diente montado y no puedo con eso. Agradeced mi sinceridad”. Pues la agradecerá quien deba o quiera, pero no por haber sido sincero dejarás de parecer un caprichoso, un ñoño y un imbécil.

Queridos amigos, ya rebajando la tensión dialéctica, no le tengáis miedo a la mentira. Os ayudará a equilibrar esos pequeños sinsabores que se producen aquí y allá cada día por autoexigirnos la verdad con demasiada rigidez. La mentira arrancará sonrisas complacidas, limará asperezas con aquel desagradable compañero de trabajo, mejorará vuestra creatividad y os hará sentir mejor cuando os digan lo graciosos y simpáticos que sois. Sólo una recomendación. Mentid de tal forma que si se da la vuelta al calcetín y la verdad eclipsa a la mentira, ésta no hiera más que todas las verdades más una que tendríais que haber dicho hasta ese momento.

Sé que no es muy políticamente correcto esto que escribo, pero apreciad mi sinceridad.

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