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13 octubre, 2010 / Erik Macbean

Y ahora que salgan los cristianos

En mi anterior artículo me he tomado la licencia de mencionar al gran periodista, y mentor involuntario desde la distancia, Enric González. Una de las opiniones de este gran profesional de la información es que hoy en día vivimos en un circo mediático que no expone toda la realidad de las situaciones que se intentan retratar en la mayoría de las ocasiones. Pero, lógicamente, al populacho lo que le interesa es el directo, el morbo y la sangre. El legendario y denunciado circo romano, a fin de cuentas. El porqué de esa situación o sus consecuencias a medio plazo ya supone un análisis más sesudo, y entonces el interés decae de forma aguda.

El caso es que ayer me topé, sin comerlo ni beberlo, con una situación muy curiosa y, dicho sea de paso, deplorable. Hacia la media noche iba yo a dar un repaso a las últimas informaciones navegando tranquilamente por Internet. Y de repente me encuentro con un aluvión de noticias en las que aparece un tipo muy grande, con los brazos tatuados y un pasamontañas en la cabeza. Los medios deportivos y generalistas, tanto nacionales como internacionales, afirmaban que era el ‘capo’ de los ultras de fútbol serbios que se habían desplazado hasta la ciudad de Génova para presenciar un partido de su equipo contra Italia como parte de la ronda de clasificación para la Eurocopa del 2012.

El supuesto ‘capo’ lucía unas pintas bastante intimidatorias. Iba, como digo, cubierto hasta la coronilla por prendas de ropa negras, y sólo dejaba al descubierto unos brazos llenos de tinta, en su mayor parte también negra. El tipo aparece en varias fotos y vídeos alentando a una grada que le sigue enfervorizada y cortando las redes que evitan que se puedan lanzar objetos al campo, para poco después empezar a quemar una bandera de Albania. En resumidas cuentas, el ‘amigo’ demostraba una actitud de lo más agresiva. Por otro lado, a nadie debería sorprenderle; es un ultra de la selección nacional de Serbia, probablemente uno de los países más amigos del nacionalismo intolerante que existen en este planeta. Aunque, como todo, esa característica tiene su lógica y su explicación. Pueden preguntar en Washington o Bruselas, por ejemplo, a ver si les pueden por favor orientar en el asunto.

El caso es que, para entonces, la gente (en general) empezaba a clamar justicia social y que trincasen al pavo, que a esas alturas ya había logrado que el partido se cancelase debido al clima cargado que estaba generando la grada visitante, con lanzamiento de todo tipo de objetos al césped. Tanto tertulianos de variada reputación invitados a programas deportivos como cualquier garrulo con acceso a Internet y con la sabiduría suficiente como para teclear Marca.com o As.com expresaban airadamente su opinión. También había los que esgrimían teorías sobre la antropología de los Balcanes y otras, más divertidas aún, sobre el fútbol y el embrutecimiento del ‘homo sapiens sapiens’ ante semejante espectáculo.

En definitiva; se estaba formando alrededor del tipo serbio un auténtico circo mediático con sólo dos minutos de vídeo y unas cinco o seis fotos, además del parte informativo correspondiente sobre la suspensión del encuentro.

Hoy, al mediodía, he podido saber que al ‘capo’ serbio -de nombre Ivan- le trincaron anoche tras varias horas de batalla campal en los alrededores del estadio. La policía le ha exhibido ante las cámaras, mientras le llovían al menda insultos de todo tipo. El tío permanecía serio y -esa ha sido mi apreciación- totalmente digno. Salvando las distancias, me ha recordado a la pose que mantenía Mel Gibson cuando encarnó a William Wallace, el héroe medieval escocés, en la película Braveheart. Me refiero al momento en el que le van a torturar y posteriormente ajusticiar delante del pueblo inglés, que en esos momentos celebraba un orgasmo múltiple ante la desgracia del enemigo.

De nuevo, los comentarios en redes sociales y medios de comunicación no se han hecho esperar. Algunos felicitaban a la policía, aunque exigían más dureza (cómo se nota que no han visto los últimos segundos de un vídeo emitido por una cadena italiana). Otros debatían y exigían una sanción ejemplar para Ivan el Terrible y todos sus primos de grada. Pero la mayoría se mofaba del tipo de mala manera: “tiene cara de tonto”, “dadme su nombre que se lo voy a presentar a mi hija”, “este estudió Física Cuántica, se le nota en la mirada”, etcétera. No obstante, los más preocupantes eran los que se reían de su inteligencia preguntándole, de modo retórico supongo, que por qué se tapaba la cara si le iban a identificar por los tatuajes de sus brazos descubiertos, añadiendo a esta profunda reflexión multitud de improperios.

Es triste pensar que pocos llegarán a la conclusión. El tipo probablemente fue cazado por la cantidad de demanda que hubo para que le cazaran. Si pocos hubiesen sido los comentaristas de la noticia, menos hubiesen entrado a formar parte del jurado popular espontáneo, internacional y cibernético que se formó en torno al sujeto. Ergo, menos presión social y mediática para la policía, que estuvo tres horas batiéndose el cobre con los herederos de una guerra para lograr atrapar al que había cortado una red de separación para quemar así cómodamente una bandera de Albania.

Y lo más gracioso de todo esto es que luego uno se para a pensar que el país que albergó tales acontecimientos y que crucificó al serbio por joderles la diversión a no sé cuántos espectadores está gobernado por un primer ministro cuyo historial en todos los ámbitos es grotesco, como grotesco es el de sus compinches del Gobierno. Cuando no ilegal, claro.

Este tipo, el serbio digo, por lo menos tuvo la gallardía de mirar sin vergüenza ni temor a las cámaras que emitían las imágenes de su detención para miles de personas ávidas de morbo y venganza. Es posible que muchas de esas personas sean las que luego voten a Berlusconi o exijan uno de encargo para España. Porque es un campeón que no va a la cárcel, es rico y se folla prostitutas de lujo como el que pela mandarinas. Y además le graban y se descojona. Un mandatario con valores morales. Como debe ser.

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