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23 septiembre, 2010 / Erik Macbean

Las telarañas que atrapan imbéciles

La característica más notable de las telarañas es que tienden a atraparte. Esto es sabido por todos. La única forma de poder zafarte de ellas es siendo extremadamente fuerte, tanto como para poder despedazarlas. De lo contrario, la notarás una vez estés ya en ella y, entonces, te será imposible largarte de allí y evitar sus nefastas consecuencias. Que se lo pregunten a las moscas.

Esta reflexión me ha venido a la cabeza tras picarme esta tarde la curiosidad. A raíz de experimentar ese sentimiento tan estúpido como valiente he decidido crearme una cuenta en la red social para profesionales Linkedin.com. Varios compañeros de colegio la tenían y otros tantos contactos profesionales también. Así que, ni corto ni perezoso, he decidido crearme yo también un flamante perfil en el cual exponer cierta información de la que me siento sumamente orgulloso; universitario, redactor de un medio escrito, contactos en banca de inversión, fondos de alto riesgo y demás parafernalia ‘snob’ que indica un futuro brillante para mí, oh joven pichón.

Tras rellenar los campos básicos y activar mi cuenta en la prestigiosa red social me ha aparecido una pantalla en la que me salían varias direcciones de correo electrónico (con las que yo he intercambiado mensajes con anterioridad desde mi cuenta de Gmail) y, pensando que la aparición de esas direcciones significaba que esa gente me estaba esperando en sus respectivos perfiles con los brazos abiertos, le he dado a enviar lo que me decía que tenía que enviar. Poco después me he dado cuenta del desastre: Linkedin.com, con gran inteligencia y una formidable mano izquierda, ha engañado a servidor de ustedes (que cada día tiene más claro ser un imbécil en potencia) para enviar una serie de solicitudes a esos contactos pidiendo que por favor se creen una cuenta y me agreguen como colega. Entre las personas seleccionadas estaba un futuro buen contacto laboral, un diplomático destacado y un agente que gestiona safaris en Kenia. Gente a la que aprecio, pero a la que he tratado poco. Demasiado poco como para invitarles a unirse a una red que, inmediatamente después de realizar la operación de captar nuevos ilusos, te advierte que no aceptes solicitudes de “gente a la que no conoces bien”. Perfecto. Conclusión del día: he quedado como un psicópata o, a lo peor, como un reportero ávido por saber pequeños detalles escabrosos de gente importante para luego publicarlos y hundirles en la más absoluta de las miserias.

Y ha sido entonces cuando me he informado de si, al borrar mi cuenta, mis solicitudes de unidad y amistad cibernética caerían en saco roto. Pero nada más lejos de la realidad. Se elimina la cuenta pero tu interés por entrar en la vida de la gente que no te conoce demasiado bien queda grabado en las ‘bandejas de entrada’ pertinentes.

Justo lo que sucede con los desafortunados insectos. Ven su error cuando ya no lo pueden enmendar. Sólo me ha faltado posarme en la mierda y saborearla.

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