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16 septiembre, 2010 / Jorge Gato

Olores

Caminaba el otro día por un lugar cualquiera, un lugar sin misterio ni historia. Un lugar de esos que nos contemplan cada día al pasar, en silencio, imperturbables tras nuestra densa nube de rutina. Un lugar de aquellos en los que un día sí nos fijamos pero cada vez que pasamos lo hacemos menos, y menos, y aún menos. Quizá dé para una entrada completa, pero los sitios por los que pasamos cada día se nos van volviendo aburridos, insignificantes, invisibles. Tal vez acabemos caminando por ninguna parte.

El caso es que caminaba por uno de estos sitios cuando en una esquina sucia, feucha, de maniobra complicada y de preferencia incierta, un olor me detuvo. Me detuvo en seco. Y me sacó de allí, temporal y espacialmente.

Lo cierto es que no sabría definir el olor, no podría equipararlo a ningún otro. No huele a nada en concreto; o sí. Huele a una experiencia, a un tiempo, a un lugar. Huele a adolescencia, a campamentos de verano, a amores que nunca llegaron y aun así quedan grabados en la memoria.

De repente estaba clavado en una esquina cutre, creo que incluso con los ojos cerrados, deleitándome con un olor inclasificable. Pero en realidad ya no estaba en esa esquina, ni iba así vestido, ni estaba solo; ni siquiera tenía la edad que tengo. Sí estaba, en cambio, el olor, conmigo, como cuando estuvimos en aquella esquina ya tan distante, pero ahora estábamos en Tarragona, muchos años atrás, rodeado de viejos amigos a los que ya nunca veo, en una especie de residencia cerca de la playa, en el contexto de uno de los campamentos de verano que tan bien organizaban en mi colegio. Me vi bebiendo una Coca-Cola mientras subía las escaleras que nos llevaban a las habitaciones, me vi en la playa jugando al rugby, en PortAventura gritando emocionado en las fuertes pendientes del Dragon Khan y repitiendo sin parar en los pases nocturnos del Tutuki Splash, en las reuniones en mitad de la noche tanto dentro como fuera de las habitaciones. Volví a correr los “sanfermines humanos” que tenían lugar demasiado pronto en la mañana, volví a sentir a mi amigo Nacho estrellándose lamentablemente contra una ventana robusta de madera en mitad de la noche, lo que propició una cadena de ventanazos que alarmó a todos los monitores en 20 kilómetros a la redonda. Volví a ver incluso aquella llamarada azul cortesía del ingenio de un tal Manu, que decidió usar un desodorante y un mechero para componer un improvisado soplete. Me vi, sobre todo, en excelente compañía, me vi radiante, y feliz.

Qué tendrán esos olores, cuál será su magia. Agradecido estoy a éste que no me permite olvidar algo tan banal como profundamente importante para mí.

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