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9 septiembre, 2010 / Erik Macbean

In vino veritas

Si usted no es ni Groucho Marx, ni George Best, ni Carlos Boyero y coge un informe sobre los efectos del alcohol en la sociedad, es bastante probable que se deprima. Pero si tenemos en cuenta que a día de hoy el lenguaje practicado por el ser humano supone la vanguardia de la hipocresía, se pueden estudiar fenómenos interesantes cuando una persona ha empinado el codo más de lo recomendado.

Para empezar, el mágico conjunto de brebajes consumido en grandes cantidades tiende a agudizar una o varias de las características que alberga en su interior un individuo, y que no siempre se está dispuesto a enseñar si la conciencia le funciona correctamente. De este modo hay gente que se vuelve más violenta, otros se vuelven más sociables, algunos más reservados y muchas mujeres tienden a mostrarse más dulces y simpáticas. Incluso a veces acceden a mantener relaciones sexuales con un extraño; una situación que en otras circunstancias no tendría lugar, no por no apetecer sino por miedo a lo que pueda pensar el jurado popular omnipresente, siempre cruel y siempre envidioso.

También puede suceder otra cosa. En algunas personas un consumo de alcohol más animado de la cuenta puede llegar a generar la aparición de una serie de facetas totalmente desconocidas para el entorno del susodicho o la susodicha. Es decir, que en estos casos la bebida no agudiza ningún comportamiento que ya pudiera intuirse de antemano, simplemente lo hace aparecer por sorpresa. Por ejemplo, tenemos al típico tío extremadamente tímido que tras un par de whiskys se saca el pene en medio de la discoteca y lo zarandea cual molino de aspas flácidas acaparando el protagonismo que ya quisieran para sí esos seductores de gimnasio, tan a la última moda ellos. En sentido contrario nos encontramos al macarra de barrio de toda la vida, alias ‘quebrantacuellos’ desde su época en el parvulario, que con cuatro cervezas encima se dedica a darte sentidos abrazos mientras te confiesa que él fue el autor de aquel poema que recibió la panadera de la esquina la semana pasada con motivo del día de San Valentín. Sin alcohol encima, ‘quebrantacuellos’ probablemente hubiese hecho honor a su nombre, aumentando aún más su bien merecida fama.

Esta sucesión de ejemplos, que todos hemos experimentado en mayor o menor medida, nos dejan una incómoda evidencia: el alcohol te anima a ser más como tú eres en el fondo de tu alma. Es decir, que te retrata de una forma más fidedigna que cuando lo tienes todo bajo control. Da igual que seas chino, ruso o colombiano. El factor variable en esos casos será la resistencia, pero con la cantidad necesaria del brebaje en cuestión la reacción del sujeto será la misma en el Trópico del Cáncer y en el Círculo Polar Ártico; acercarse un poco más a su verdadera forma de ser.

El caso es que todas estas reflexiones nos trasladan a una ecuación sumamente desconcertante. Si se supone que el alcohol nos retrata haciendo gala de nuestros instintos más primarios, sin la máscara de esa educación recibida en mayor o menor proporción, ¿por qué está mal visto agarrarse una buena trompa por esta sociedad que, dicen, reniega oficialmente de la mentira? Yo, tras mucho meditar sobre todo este asunto tan interesante, he llegado a un par de conclusiones, ambas compatibles entre sí y todo. En primer lugar no está bien visto emborracharse porque, precisamente, pierdes buena parte de esa compostura que te convierte en alguien agradable al trato con el resto de tu especie. Pero también sospecho que la mayoría de la gente, cuando observa a un borracho durante una media hora, ve a un gilipollas. Bueno, quizás tendríamos que ser menos duros, así que vamos a decir que ve a alguien actuando como un gilipollas.

Claro que, si cuando alguien bebe actúa como un gilipollas y, a su vez, actúa tal y como es en realidad… ¿seremos todos realmente -y muy en el fondo, vale- gilipollas?

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