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7 septiembre, 2010 / Jorge Gato

Drogas

Leí el otro día un artículo de opinión en El País sobre el creciente problema de la droga en América Latina, en Estados Unidos, en Europa y en el mundo en general. Esperé impaciente mientras leía una palabra tras otra a que el autor se atreviera a decir en algún momento del texto la verdad que, para mí, intenta comunicar de una manera soterrada y tenue. Pero me decepcionó acabar el artículo sin que la palabra “legalizar” en cualquiera de sus formas llegara a aparecer, por eso me veo en la necesidad de hacer este modesto artículo con la intención meditada de hablar claro.

El autor, Carlos Fuentes, sí admite en cambio que las políticas prohibicionistas no han conseguido sus objetivos, pues la demanda sigue aumentando, las mafias siguen proliferando y acumulando poder e incluso, hacia la mitad del artículo, comenta que este tipo de medidas penitenciarias han acarreado otros problemas en países como México, con cárceles abarrotadas y funcionarios de prisiones comprados que permiten a los reclusos salir a cometer delitos. Apuesta también por convertir el consumo en un problema de salud pública y a los adictos en pacientes, y para mí esto debería ser la consecuencia directa de legalizar y regular el uso de drogas.

Mientras haya demanda, que siempre la habrá, existirá oferta. Y si la oferta tiene que moverse en una ilegalidad perpetua, todos los ofertantes se moverán en esa ilegalidad. Este es el primer escenario. No tiene que ser fácil operar siempre desde las tinieblas, con una competencia feroz y desleal siempre acechando. ¿Qué hacer entonces si no puedes defender tu negocio en colaboración con la ley? Pues ir contra la ley, comprar y usar armas, defender lo que consideras tuyo haciendo todo lo necesario. De repente vas ganando espacio, vas ampliando tu negocio, tus tentáculos llegan a más sitios. Vas amontonando billetes de todos los colores encima de la mesa, vas multiplicando la plantilla. Y cuando no haces más que ganar y ganar, tienes la extraña sensación de que quieres seguir ganando, y ganar más si es posible. Entonces decides diversificar el negocio, traficar con armas o con personas; qué más da ya, estás instalado en la ilegalidad para quedarte, así que cuanto más poder acumules más intocable serás, más seguro te sentirás. De este modo llegamos a la situación que se vive en algunas pequeñas regiones de México en las que se temía que las mafias locales pudieran llegar a reemplazar al poder elegido democráticamente.

Ahora estudiemos otro escenario posible. Imaginemos que unos establecimientos legales en España, que pagan sus impuestos, que pasan sus inspecciones, compran la droga a unos establecimientos legales en México (por elegir un sitio), que pagan sus impuestos, que pasan sus inspecciones. En este supuesto, el dinero negro que otorga un poder creciente a las mafias iría directamente a las arcas del Estado, con todo lo que ello supone, y todos sus trabajadores serían trabajadores legales, contribuyentes a la Hacienda Pública y sin vocación de pistoleros. Además se podría implantar un sistema de control sobre los consumidores habituales, aunque esto quizá animaría a más de uno a volver a recurrir al mercado negro -débil en este punto, habiendo perdido el 98% del negocio que una vez dependió exclusivamente de ellos-. En cualquier caso ya tendrían que decidir entre comprar un material inspeccionado, con garantías sanitarias y legal, o comprar uno sin comprobar por nadie e ilegal, como ahora.

Una de las soluciones que propone el artículo, la de las campañas de información y prevención especialmente dirigidas a los jóvenes, podría ser financiada con el dinero extraído de la misma venta de droga, lo que permitiría campañas mucho más amplias y eficaces. Además no olvidemos que en Holanda, país en el que las drogas blandas están legalizadas, el consumo es muy inferior al de, por ejemplo, Estados Unidos.

Es cierto que el de las drogas es un tema delicado pues afectan muy directa y negativamente a la salud, pero no nos engañemos, quien quiere consumir droga hoy día simplemente tiene que levantar la mano y pedirla.

Un asunto que me enerva especialmente es el de la prostitución, que no afecta a la salud de nadie si se toman las precauciones adecuadas ni supone un peligro para nadie. Pero la condenamos a una ilegalidad que permite que todo el negocio quede en manos de redes mafiosas que explotan sin piedad a sus “empleados” bajo amenaza de muerte a ellos mismos o a sus familiares. Preferimos ser políticamente correctos y seguir tomando medidas absurdas que no penalizan a nadie que deban penalizar realmente y que no evitan ningún problema, sólo lo trasladan, posponen o trivializan.

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