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1 septiembre, 2010 / Jorge Gato

El hombre que caminaba con los pantalones en una percha

Caminaba calle arriba y calle abajo, siempre a buen ritmo y sin reparar mucho en los detalles, sin hacer demasiado caso a la gente que se volvía a mirarle con curiosidad. Los vecinos de aquella ancha y bonita calle arbolada ya estaban acostumbrados a los pantalones de traje gris perla colgando a su espalda, cuidadosamente acomodados en una percha endeble y vulgar, aunque no por ello les dejaba de parecer profundamente curioso y desconcertante. ¿Adónde los llevaría todas las mañanas?

Muchas teorías elaboraron los observadores. Serán parte de su uniforme de trabajo, pensaban algunos; ¿y la parte de arriba del traje? ¿Los combina igual con un jersey verde que con una camisa negra? Será tintorero especializado en pantalones gris perla, decían otros; ¿y le permiten llevárselos a casa? Será un pobre loco, un fetichista de los pantalones de traje gris perla; quizá.

Era un hombre poco hablador, aunque educado y agradable. Solía detenerse en el escaparate de la juguetería unos segundos, segundos que le parecían eternos, que le devolvían a su más tierna infancia donde todos los problemas no eran más que enrevesadas invenciones de los adultos que jamás le afectarían, y después le gustaba tomar un pequeño aperitivo a eso de la una y cuarto en la cafetería de la acera de enfrente de su portal, justo cuando los pantalones gris perla volvían de un sitio anónimo en el que nadie salvo él sabía si tendrían alguna función. A veces tomaba un refresco con gas, otras sin. A veces un café, a veces un té. Elegía siempre la mesa de al lado del primer ventanal y arrimaba otro de esos taburetes de piernas alargadas para posar sus pantalones gris perla, sin alejarse más de lo estrictamente necesario de ellos. Dedicaba un tiempo a algún periódico delgado y después a alguna revista de las muchas que ofrecía la cafetería. Alrededor de media hora después, pagaba, dejaba una modesta propina, recogía de nuevo los pantalones y cruzaba la calle para entrar en su portal.

Los días festivos no suponían una excepción. Es cierto que se le veía a horas distintas, con rutinas distintas, vestido más informal, caminando a un ritmo más moderado, deteniéndose incluso a saludar cortésmente a algún vecino de toda la vida. A veces también sentado en el parque, normalmente cerca de la fuente, sin afeitar y con algún libro o periódico entre las manos, con sus grandes gafas algo pasadas de moda tan útiles para ver lo que tenía cerca. Y desde luego siempre acompañado por sus pantalones gris perla. Ni siquiera en los días de lluvia se desprendía de ellos: los protegía con una funda de plástico que aseguraba su completo bienestar y allá iban otra vez.

No se le conocían parejas y se le calculaba una edad que rondaba los 40. Era bastante atractivo, su pelo liso y castaño todavía crecía con fuerza y su cuerpo demostraba que si bien no derrochaba mucha energía con las pesas, sí le gustaba cuidarse. Tenía un cuello inusualmente largo y unas manos grandes pero delgadas, con los dedos índice y corazón de cada una algo desgastados por tener que soportar el gancho metálico de la percha cada día. De su capacidad para llevar las bolsas de la compra sin soltar para ello los pantalones se desprende que era habilidoso. En su historial no figuraban ni fiestas ruidosas, ni perros cagones, ni confrontaciones de ningún tipo; era un vecino ejemplar.

Es una radiante mañana de un martes 3 de mayo, a eso de la una y diez. A su espalda unos pantalones vaqueros rojos desgastados esmeradamente acomodados en una percha. Justo sobre ellos, una melena negra azabache ondulada se somete a la voluntad del suave viento mientras contempla el fascinante mundo intemporal que presenta el escaparate de la juguetería. Llueve polen. A su lado se detienen unos pantalones de traje gris perla cuidadosamente colocados sobre una percha robusta y elegante. ¿Combinarán?

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. micromios / Sep 1 2010 18:27

    A veces la monotonía de una vida sin altibajos se rompe por unos pantalones cualquiera colgados de cualquier parte.
    Salut
    PD: Al principio entendí que llevaba los pantalones colgando del hombro (sin otros) luego fui leyendo y me enganchó la historia a pesar de llevar otros.

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  1. ‘El hombre que caminaba…’ versión escaleta « Cumbres sin ecos

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