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26 agosto, 2010 / Jorge Gato

El complejo concepto de Arte

Me hallo sentado a los pies del museo Reina Sofía de Madrid. La tarde es tranquila y calurosa por aquí, sin demasiada gente a la vista y sin lágrimas, pese a haberme despedido hace unos minutos de un buen amigo que partía rumbo a Barcelona. Un hombre toca la guitarra y canta en las escalinatas situadas delante de la entrada del museo, y es ciertamente muy agradable de escuchar; tiene buena voz, bastante destreza con el instrumento y, a juzgar por el acercamiento de dos almas dadivosas italianas, también es muy simpático. Su atuendo es sencillo: una camiseta oscura maltratada por los años, un pantalón corto gris claro y una gorra. Canta principalmente en italiano y me apena no conocer ninguna de las canciones que ha interpretado hasta ahora.

A su derecha, sobre una pequeña plataforma de piedra, comienza a tramarse algo. Armada con unos rollos de cinta aislante, una chica comienza a empapelar el suelo, la pared, las barandillas y todo lo que encuentra a su paso. Mientras un hombre graba, una chica de negro riguroso empieza un baile aturdido y descompasado, un baile que la empuja a revolcarse por el suelo sin pudor, a andar siguiendo la línea marcada por la cinta. La encargada de los rollos continúa empapelando frenéticamente los alrededores, se acerca incluso a envolver a la chica de negro, atándola los pies juntos, lo que repercute irreversiblemente en el ya de por sí estridente baile. Al principio del espectáculo -y entrecomillaría “espectáculo”, pero no me gustaría parecer tendencioso- sólo un par de curiosos miraban de reojo para ver qué estaba pasando. Al cabo de unos minutos, hay una veintena de personas con los ojos clavados en una chica vestida completamente de negro que aún se esmera por ofrecernos todo su repertorio de espasmos y convulsiones artísticas. La otra, mientras, sigue empapelando. Y el músico sigue solo, a diez escasos metros de distancia.

Nuevos observadores con un gran ímpetu fisgón se arremolinan en torno a las artistas -y entrecomillaría encantado “artistas”, pero no quisiera resultar tendencioso-. Esta vez algunos llevan cámaras de fotografía caras que no dudan en usar para inmortalizar la sorprendente performance. El músico sigue solo, y se calla.

La chica de negro cada vez está más cubierta de cinta aislante, ya es el cuerpo casi entero. El atuendo negro ha cogido mucho polvo debido a su gusto desmesurado por arrastrarse por el suelo. La encargada de empapelar el improvisado (y sufrido) escenario se ha relajado por un momento, como si el valium hubiera hecho por fin su efecto. Todo parece preparado para el gran final. Y así es. La chica de negro se encarama a una de las barandillas que flanquean las escalinatas y, en lo que resulta ser un épico instante final, la chica del celofán la inmoviliza ahí mismo, bajo la atenta mirada de unas cuarenta o cincuenta personas. Apenas puedo creerlo cuando el público les brinda una ovación. El músico ya no está.

Ahora, transcurridos unos minutos desde la más que inesperada ovación, el músico se me acerca, tal vez porque me he sentado justo enfrente de él -aunque algo alejado- durante su actuación y ha tenido tiempo suficiente para percatarse de mi interés por su música. Tras darle unos generosos 2 € -todo lo que mi bolsillo me permite en este preciso instante- el músico me hace partícipe de su malestar por lo ocurrido. Dedica unas palabras durísimas -que a mí jamás se me hubieran pasado por la cabeza- a la performance recién acontecida y se lamenta por el triste devenir del evento, que ha orillado su música sin la menor compasión, humillándola frente al todopoderoso celofán.

El hombre -con el que más tarde hablaré también de música en general, vida en general y fútbol- se muestra profundamente desolado por el concepto de arte que ha derrotado a su actuación musical a los pies del mismísimo Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. “El elemento que ha inclinado la balanza a su favor ha sido la cámara, si no lo hubieran estado grabando dime a mí cómo puede alguien prestarle más atención a eso que a la música”, en palabras casi textuales. No he sido capaz de explicárselo de ningún modo, porque yo tampoco lo entendía.

Estamos hablando de las carencias de Maradona como entrenador y como persona en general -“Si no tienes cabeza, por lo menos que tengas piernas; y él era todo piernas”, me dice- cuando las dos chicas responsables de la performance del celofán pasan a escasos cinco metros de nosotros por la izquierda, caminando en dirección Real Conservatorio Superior de Música, pero supongo que no para entrar. “Ahora tocaré en esa terraza, a ver si se da bien la tarde”, me comenta el músico.

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