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23 agosto, 2010 / Erik Macbean

Ingrata soledad

La soledad.

Esa grata sensación de independencia. De que nadie depende de ti y de que tú no dependes de nadie. Haciendo lo que te da la real gana. Comiéndote el mundo sin ninguna voz ajena que se dedique a tocar los cojones pidiendo explicaciones. La soledad, en ese aspecto, supone libertad. Relativa, como todo, pero libertad al fin y al cabo.

Eso dejando de lado el romanticismo que encierra el ir solo contra todo y todos. La mayoría de los héroes forjaron su carrera en solitario. Luego fueron aplaudidos y admirados precisamente por eso, por ser lobos solitarios con un par de huevos. Sin ayuda de nadie. Entrando donde nadie se atrevía a hacerlo. Realizando lo imposible. Los héroes, la soledad y su mítica relación.

Pero la soledad es igual de jodida que romántica. La mayoría de los lobos solitarios no consiguen sus objetivos, y acaban hundiéndose más en la mierda. Cazados por el tiempo. La soledad es puta como ella sola. La gente necesita cariño y calor humano. Al menos hasta una cierta edad. Si al peinarse canas uno sufre superávit de trato puede querer largarse al culo del monte a charlar con los caracoles. E incluso entonces muchos acaban chalados. Perdidos. Faltos de algo. No hablemos, pues, de los jóvenes bohemios gilipollas que consideran la armónica del bolsillo su mejor amiga, amigo, mascota y amante. Valientes capullos endogámicos. Idiotas con pretensiones. Futuros yonquis de lo que sea. Ignorantes.

Esas eran las cavilaciones de Eddie -Ed a secas para el resto del mundo en esos precisos instantes- cuando entró en la Veinticuatro Horas del barrio con la intención de hacerse con una patética pizza congelada. Puta mierda, piensa mientras espera su turno para pasar por caja. Lo peor de todo no es la jodida pizza en cuestión, pues al menos lleva algo más que tomate y queso congelado. Lo peor es una vez pase por el horno.

¿Con quién la comparte?

Uno de sus mejores amigos se ha largado. A la milenaria Atenas, ni más ni menos. A buscar trabajo, dijo el cachondo. Todo fueron aplausos y risas hasta que enseñó la tarjeta de embarque y pasó el control de equipajes en el aeropuerto. Y entonces todos con cara de gilipollas. Un tipo con pelotas, sin duda. Pero también con paracaídas; tiene familia allí. Y el clima es estupendo.

Le echará mucho de menos. Fueron cómplices durante años. Compartieron aventuras vividas y soñadas. Probablemente no le volverá a ver en meses, quizás en años. Puede que incluso nunca. Emil siempre fue un cabronazo escurridizo y volátil. Un día aquí. Al siguiente allí. Pero hay que quererle y respetarle como es. Al fin y al cabo, no molesta. Al contrario, despierta simpatía. Espero volverte a ver, amigo. Hermano.

En cualquier caso, hay otra gran opción con la que le hubiese gustado compartir el producto congelado.

Su novia. Guapa, inteligente, dulce y serena. No cocina bien, pero estamos en la era de los chinos que venden hígado de pato a las dos de la mañana, así que a quién coño le importa. Sí, la pizza debería comerla en compañía de María. Si no fuese porque la acaba de dejar también en el aeropuerto, rumbo a su ciudad natal. Menuda putada. Se volverán a ver en un mes. Y esta puta mierda de pizza no me aguanta un mes, y a mi estómago no le doy ni una semana, concluye un pesaroso Eddie, que por un instante ha evaluado la posibilidad de emular a ciertos presos políticos y de otras especialidades.

La cola avanza. El ecuatoriano despacha rápido. Sonriente. Un tipo majo, piensa. Hay que serlo para sonreír a las once y pico de la noche mientras despachas a los que se han quedado sin nada en la nevera, en vez de estar en el cine o en la cama, que ya son horas. Le toca a él. Paga. Tres euros con treinta. Toma, gracias y que tengas unas buenas noches, masculla. Sale por la puerta, se mete en el coche, arranca, pone las luces y sale disparado en dirección a su casa. A una casa que lleva semanas habitando solo, salvo por la visita con efectos sedantes de María, su novia. La que acaba de volver a su casa. La que ojalá se hubiese podido quedar un día más para cenar con él y poder así compartir otra noche más de abrazos, besos y sueños dichos en voz alta. De esos que nunca se llegan a cumplir.

Y tiene cojones, concluye media hora después mientras engulle esa mezcla de chicle salado con tropezones crudos, que por una maldita pizza esté llorando como si fuese un jodido manantial. Que le den por el culo a la condenada soledad.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. erikmacbean / Ago 23 2010 22:00

    Evidentemente, escapar artificialmente de la soledad es tan patético y erróneo como buscarla de la misma forma. Aunque bien es cierto que hay gente que ha nacido para estar sola, o pasar largos periodos de su vida a solas. Pero son los menos. La mayoría necesita al prójimo, bajo mi punto de vista (regado con cierta experiencia).

    Interesante artículo, en cualquier caso.

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