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18 agosto, 2010 / Jorge Gato

Apagón

Transcurría tranquila aquella tarde-noche de algún día de primavera o verano de esos que parecen condenados a un anonimato irreversible primero y a un olvido sin retorno después, cuando de repente la oscuridad se cernió sobre nosotros. Los bloques de edificios de todo el barrio quedaron sumergidos en la penumbra más absoluta flanqueando calles lóbregas y silenciosas. Igual de inquieto que mis vecinos, acudí a ver los fusibles, aun sin entenderlos: parecía que todo estaba en orden, lo que no es tranquilizador en absoluto pues supone la confirmación de que la solución no está en tus manos, y sólo te queda esperar.

Y en la oscuridad, sorpresa: comunicación, y comunicación verbal. Entre vecinos. De distintos bloques, de distintos pisos, de distintas rentas. Perfectos desconocidos acostumbrados a vivir uno enfrente del otro, a curiosear con vistazos disimulados y fugaces los hábitos del prójimo cuando las persianas quedan a media asta, a cruzarse por la calle que adornan sus portales. Conocidos imperfectos entre los que nunca había surgido conversación alguna y que ahora charlaban eufóricos asomados a sus ventanas y balcones. La excusa fue el apagón y su incertidumbre, pero los temas derivaron hacia cualquier cosa en conversaciones cruzadas de acera a acera, de primer piso a cuarto, de mujeres con velas a hombres con linterna. El milagro pudo durar cerca de 10 ó 15 minutos.

Y en la luz, rutina: adiós, vuelvo al encierro.

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