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15 agosto, 2010 / Erik Macbean

Las buenas obras de Adolfo

Adolfo siempre fue un chaval complicado. Nunca se llevó bien con los chicos de su clase en el colegio ni, posteriormente, con el mundo en general. Se le agotaba fácilmente la poca paciencia con la que había nacido y odiaba a demasiadas personas como para forjar un entorno social normal y estable a su alrededor. Seguramente por eso, y a pesar de despertar alguna simpatía aislada aquí y allá, terminó como uno de los incontables mendigos que poblaban el Viejo Continente a principios del siglo XX. Sin ingresos económicos, sin amistades y sin un futuro prometedor como artista o como cualquier otra cosa.

Con el paso del tiempo el tipo desarrolló una faceta carismática que, por lo visto, se complementó bastante bien con su mala hostia y su rencor crónico. Esta faceta le era al ‘amigo’ bastante útil, ya que según diversas fuentes reconocidas, el carisma fue la principal razón que consiguió posicionarle como líder de un partido político en tiempos difíciles (en política, ‘tiempos difíciles’ es sinónimo de oportunidades, no hay que olvidarlo). Posteriormente Adolfo gobernaría Alemania, cometería genocidios y demás actividades mal vistas por sus contemporáneos -aunque no era el único que las practicaba-, para terminar llevando al mundo a la Segunda Guerra Mundial, que concluyó en 1945, poco después de que el sujeto, siempre fiel a sus misteriosos principios, se volase la tapa de los sesos antes de ser capturado por los rusos.

Este personaje político e histórico, del que supongo ya habrán adivinado el apellido, dejó tras su muerte una serie de países devastados o a punto de ser devastados (véase Japón). La culpa fue directa o indirectamente suya, digan lo que digan y se esté de acuerdo con lo que hizo en vida o no. Es una cuestión de acción, reacción. Nada más.

Pero Adolfo también llevó a cabo buenas obras, además de mejorar la red de carreteras alemanas. Por ejemplo, ayudó a EEUU a retomar el control económico del globo tras la Gran Depresión de 1929. También ayudó a los países con importantes inversiones en energía atómica a observar los resultados de su multimillonaria apuesta en la materia tras lanzar los estadounidenses las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la guerra que él inició. Además, permitió que los rusos pudiesen probar la salchicha alemana, célebre en todo el mundo. Y tampoco hay que olvidarse del argumento algo encubierto que brindó a sus tan odiados judíos para justificar la existencia de un Israel independiente en Oriente Próximo.

Sin embargo, hay una aportación que a mí me sorprende especialmente, por lo paradójico del asunto. Adolfo, hijo de Alois Hitler, ayudó a Irlanda a mejorar su demacrada situación social y de todo lo demás. Como hemos dicho anteriormente, las consecuencias de las acciones del tipo no siempre eran directas. Y esta no lo fue. Pero es consecuencia, al fin y al cabo. Acción, reacción, y tal.

Según el reputado escritor Frank McCourt, al que le fue otorgado el Premio Pulitzer por sus memorias tituladas Las cenizas de Ángela, la Irlanda católica y pobre agradeció tímidamente, y tras pasar por el confesionario una decena de veces, a Adolfo Hitler que iniciase el conflicto bélico que afectó al Reino Unido, que tuvo, a su vez, que acoger a miles de varones irlandeses en sus fábricas de armas para lograr completar la demanda de bombas y demás arsenal militar que necesitaba para frenar la amenaza germana.

McCourt explica en repetidas ocasiones cómo la mayoría de familias pobres irlandesas pudieron optar a los bienes básicos de aquella época en el mundo desarrollado -al que Irlanda pertenecía en la teoría, pero no en la práctica- gracias a los chelines y las libras que los maridos enviaban desde las fábricas de Coventry, Oldham y demás zonas industriales del territorio inglés. Por cierto, que la mitad de las veces que los irlandeses pasaban por el confesionario no lo hacían para pedir perdón por sentirse indirectamente agradecidos a Adolfo, sino que lo hacían para pedir disculpas a Dios Su Señor por estar ayudando a los malditos protestantes ingleses en una guerra. Una actitud ésta muy irlandesa, desde luego. Siempre tuvieron un par de huevos para esa clase de asuntos, los condenados.

En cualquier caso, toda esta cuestión de Irlanda me ha parecido curiosa, pues aunque la Historia y el Sentido Común siempre nos digan que hasta los mayores cabrones que ha parido la Humanidad aportan algo positivo a la evolución de la misma, de Adolfo Hitler no se suele hablar demasiado en este sentido. Tan sólo sus cachorros ideológicos lo hacen, y de una forma que la mayoría de las veces da qué pensar sobre su legado.

No obstante, ahí tienen a McCourt y a la bendita Irlanda para tocar un poco los cojones. Como de costumbre.

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