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2 agosto, 2010 / Erik Macbean

La leyenda del tiempo

Melancólica, nostálgica, triste, decadente. Y sin embargo, alberga una gran belleza. A mí se me antoja como un ser solitario al que muchos miran, pero sin acercarse demasiado. Como algo o alguien al que la muchedumbre se limita a observar tras un cristal, a una distancia prudencial. Desde donde se reconoce una belleza peligrosa. Contagiosa. Capaz de llevarte a la perdición, tal y como se está perdiendo ella. Tan sólo se acercan más de lo aconsejable una selección de atrevidos y curiosos.

Lisboa es, sin duda, una ciudad hermosa. Cuando paseas por sus calles ves suciedad y pobreza. Pero también ves riqueza. Una riqueza que no se enseña. Sólo se percibe. En cierto modo, Lisboa es muy romana. Muy caprichosa con los viejos tiempos, y muy poco predispuesta a adaptarse a los nuevos. A los grandes edificios de cristal, a las imponentes basílicas y a todo eso. Por supuesto, la ciudad se mantiene desafiante ante los coches. Invita a caminar, como antaño. A descubrir en cada esquina de la ciudad un secreto. El que sea. A respirar sus aromas medievales, modernos y contemporáneos. A escuchar sus ritmos locales, tan melancólicos como ella misma, representando la leyenda del tiempo.

Antes de visitar la ciudad y aspirar su esencia, me encontré con opiniones diversas: unas me hablaban de la maravillosa Lisboa, otras, de la decrépita Lisboa. Ahora que he podido contrastarlas, veo que todas las conclusiones estaban sujetas a una lógica, dependiendo de la persona. En eso, en generar estados de opinión, Lisboa es menos romana que en su apariencia. No hay unanimidad. Ella es sólo dueña de los corazones seleccionados. De los melancólicos, de los nostálgicos, de los tristes y los decadentes. De los atrevidos que, movidos por la curiosidad al observar un reflejo de su existencia, se acerquen a tocarla. A experimentar su esencia. Serán ellos, y no otros, los que encontrarán en la desembocadura del Tajo un espacio mágico.

Los demás percibirán una capital europea digna a duras penas, pero sin nada especial. Bonita y curiosa, pero sin ese toque distinguido. Nada que ver con París, Nueva York, Madrid o Londres. Para ellos la capital del Atlántico peninsular es una cruz más que añadir al mapa. Un aeropuerto más que añadir a la lista. Se marcharán sin albergar fascinación alguna. Imperturbables. Quizás sea ese otro de los efectos de Lisboa: castigar a los sofisticados.

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One Comment

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  1. Concha Huerta / Ago 3 2010 22:17

    Tienes razón que Lisboa es una ciudad con muchas lecturas. Lo que es cierto es que sus calles y sus balcones inspiran. Te dejo el link del post que escribí sobre ella. Una opinión más sobre su esencia. Un saludo
    http://conchahuerta.wordpress.com/2010/03/29/desde-lisboa

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