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24 julio, 2010 / Jorge Gato

Bonita pared

Hay una frase que me encanta y que tengo apuntada desde hace tiempo, aunque no sé de quién es: “No somos capaces de percibir lo que tenemos continuamente ante nuestros ojos”. Es una frase muy inspiradora que nos puede y debe acompañar todos los días de nuestra vida en cada movimiento que hacemos, en cada paso que damos. Me recuerda a un libro que leí hace algún tiempo llamado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, de Oliver Sacks, en el que se relatan los casos más raros que el autor, neurólogo de profesión, se ha encontrado a lo largo de su carrera profesional. Uno de estos casos, concretamente el capítulo titulado La dama desencarnada, cuenta la historia de una mujer que pierde lo denominado como propiocepción, algo así como la sensación que tenemos de nosotros mismos: «el flujo sensorial continuo pero inconsciente de las partes móviles del cuerpo (músculos, tendones, articulaciones) por el que se controlan y se ajustan continuamente su posición, tono y movimiento, pero de un modo que para nosotros queda oculto, por ser automático e inconsciente», según se define en el propio libro. Pues en la ausencia de la propiocepción veo la base misma de la frase citada, aunque ésta parezca aludir a algo externo a nosotros mismos, lo cierto es que abarca nuestro exterior y nuestro interior con igual maestría.

Esta mañana, no sé si porque me he levantado de demasiado buen humor o porque alguien me ha reemplazado el Actimel por otra cosa, me ha ocurrido algo que horas más tarde me ha hecho hilvanar estas memorias. Me encaminaba como de costumbre a arrojar el citado producto a la basura -o más concretamente su envase- cuando por la ventana de la cocina he notado una claridad especial. Las vistas, para ser sincero, son un asco: un patio interior bastante pequeño y casi siempre demasiado sucio, desgastado, lleno de tendederos y cañerías, aunque en la temporada primavera-verano es encantador escuchar el canto de los pájaros. En cualquier caso nada que se preste a más de un vistazo rutinario y desganado. Pues esta mañana me he quedado plantado delante de la ventana como si asistiera a un espectáculo novedoso para mí, como si no hubiera visto nunca nada parecido al sitio en el que ahora rebotaba mi vista. Entre desconcertado y entusiasmado, me he quedado mirando fijamente a la pared ocre desconchada y agrietada de enfrente, bañada por el sol, maltratada por el tiempo y el descuido, adornada por cañerías grises y ventanas de madera. Aún no sabría decir qué es lo que me ha resultado tan excepcional de su aspecto matutino. No sé si sería por la iluminación, por sus cicatrices, por su color ajado, por su brillante simpleza o porque de repente he recuperado mi propiocepción. No lo sé. Pero desde luego he pensado: bonita pared.

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2 comentarios

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  1. Concha Huerta / Jul 24 2010 22:18

    Me ha sorprendido mucho este texto tuyo en que nos desvelas tu experiencia con la propiocepcion. Lo que si es cierto es que el estado de animo puede variar completamente la percepcion que tenemos de las cosas y los recuerdos. A un depresivo la luz reflejandose en las olas le puede dar dolor de cabeza y a un animado una simple pared agrietada puede parecerle sin duda bella. Una suerte tener esa percepción tan positiva. Un saludo

    • krknose / Jul 24 2010 23:17

      Es cosa del buen humor, no hay duda. Una pena que a veces nos abandone…

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