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26 junio, 2010 / Erik Macbean

¡Mini-punto para el equipo de los bancos!

Todavía se puede escuchar por ahí que hay decepción con Barack Obama, el presidente de los Estados Unidos de América, porque sólo piensa en sí mismo y en su país, mientras que parece olvidarse de los descastados que se arrastran por las calles de Calcuta, etcétera. A toda la gente que alberga esa digna y honorable impresión sólo puedo darle la bienvenida más calurosa al mundo real. Hola, qué tal, mira, el ser humano piensa primero en su casa, luego en la del vecino, posteriormente en si ya han arreglado la cabina telefónica de su calle y, finalmente, en los negros de Haití. Si le sobra tiempo.

No obstante, hay otro grupo de desencantados con Obama que lo son porque, en un primer momento, creyeron que el presidente del país más poderoso del mundo iba realmente a traer cambios (no la Internacional Socialista que auguraban algunos, pero cambios al fin y al cabo) en varios de los aspectos más polémicos de esa gran nación que marca el paso al que debe marchar el resto del globo.

El primer desengaño -para este segundo grupo de desencantados, no para los ‘hippies’ mencionados en el primer párrafo- llegó con la tan comentada reforma sanitaria que logró firmar el mandatario hace unos meses, y la confirmación del mismo la hemos tenido esta misma mañana, cuando se ha anunciado la aprobación por parte del ‘comité bicameral’ correspondiente de “la mayor regulación financiera del país desde la Gran Depresión”.

No entraré a comentar en profundidad la reforma sanitaria y su supuesto interés social en que “todo estadounidense tenga derecho a una sanidad de calidad sin importar sus ingresos”. Si me gustaría aclarar, en cualquier caso, que esa es una ventaja que será totalmente colateral. Obama y sus asesores lo que buscaban con esa reforma era recortar el tremendo gasto que genera la sanidad actual del país para las arcas del Estado. De hecho, el debate que tuvo lugar a finales de 2009 entre una mayoría republicana y una minoría demócrata contra el proyecto sanitario se basaba en gastos, números y cifras. Ellos decían que se gastaba más, y otros -los partidarios de la medida, Obama entre ellos- que así se ahorraba más al evitar que las aseguradoras cobrasen al Estado operaciones ‘gratuitas’ (innecesarias) a ciudadanos que estuviesen arropados por programas de protección estatal.

Debo reconocer que en aquel momento yo me molesté en hacer algunos números y lo cierto es que, según mis cálculos, el equipo de Obama tenía razón: la reforma sanitaria lograría ahorrar al Estado una cantidad de pasta nada desdeñable. Lo que me cabreó fue toda la publicidad aquella del líder social y solidario en contra de los ‘cowboys’ racistas blancos de Texas y Arkansas. Y más me mosqueó aún la gente que convertía toda esa publicidad en su desayuno diario. Al fin y al cabo, como digo, era todo una cuestión de dinero.

Sin embargo, el discurso solidario sigue siendo el que se utiliza cuando Obama logra sacar algo adelante que suena como un gran cambio histórico y demás. Y hoy, con la reforma bancaria, hemos tenido otro ejemplo más: que si los bancos son malvados, que si hace falta una reducción de los salarios de los directivos y que si ahora os corto los beneficios de las divisiones de banca de inversión. Al inquilino de la Casa Blanca le ha faltado levantar el puño y calarse una boina como la de Ernesto Guevara de la Serna. (No descarten ustedes que algún día lo haga.)

Pero nada más lejos de la realidad, aunque muy pocas crónicas informativas se hayan molestado en mencionar gracias a qué se ha aprobado el proyecto -de 2.000 páginas- por parte de congresistas y senadores, antes de pasar a una votación final y a la posterior aprobación definitiva de Obama, que se presupone para el día 4 de julio, el Día de la Independencia.

Así que, modestamente, yo les voy a señalar un dato curioso, que he encontrado a primera hora de la mañana en el portal financiero Dow Jones -un sitio que publica artículos muy poco floridos pero más directos que un mensaje de móvil-. Y luego ustedes sacan sus conclusiones, si les apetece.

Veamos. La aprobación ha sido anunciada oficialmente a las 11.30 horas según el horario de Madrid (las 05.30 hora local en Washington). A las 11.44 minutos ya había llegado a la portada de El País. Y a las 12.00 ya aparecía publicada hasta en la gaceta de mi barrio. Los titulares eran todos igual de entusiastas. Pero Dow Jones no falla, y esta mañana, hacia las 10.30 según el horario madrileño -es decir, antes de que se hiciese público el anuncio oficial- sacaba una noticia en la que decía que la aprobación de la reforma era inminente gracias a una propuesta del congresista republicano por Minnesota, Collin Peterson, un viejo amiguete del ‘lobby’ bancario y tal. Luego el portal financiero, a las 11.30, ha hecho su crónica correspondiente dejando el matiz de Peterson a media altura en un escrito bastante amplio. Pero esa información, aún camuflada por el tremendo anuncio de que Obama había vuelto a hacer Historia, seguía estando allí.

Cito de memoria -traducción libre incluida- lo que decía Dow Jones a las 10.30: “La reforma bancaria podría ser aprobada por el Comité Bicameral, que lleva más de 20 horas reunido, gracias a una propuesta realizada pasada la medianoche por el congresista republicano Collin Peterson, que defiende el derecho de los bancos a retener parte de sus operaciones de derivados”. Cinco horas después de lo dicho por Peterson, la foto era un hecho.

Vamos, que sí, que a los bancos hay que tomárselos con algo menos de cachondeo, sancionarles con un poquito de dureza y eso, pero que bueno, que tampoco son tan mala gente. Los chavalicos. Además, luego nos pagan las campañas electorales con donaciones muy agradecidas, y tal.

Así, el documento que previsiblemente firmará Obama a comienzos de julio suena muy bien, muy radical y muy marxista. Suena a que se abre la Caja de Pandora y se libera al azote de las grandes corporaciones. Pero esa sólo es la apariencia. La realidad, insisto, no responde a ese perfil. Esta reforma es un toque -leve- de atención a la banca del país, un soplo de aire fresco para su maltrecha popularidad (afectada por el desastre del Golfo de México) y un desafío a los líderes europeos, que en unas horas se verán las caras con él en Toronto, Canadá. En definitiva, que lo de hoy es un movimiento político puro y duro. Nada más.

Si hay que admirar a Barack Obama por algo es por ser un gran estratega que sabe hacer llover a gusto de casi todos. De casi todos los estadounidenses, claro.

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