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25 junio, 2010 / Jorge Gato

Ángeles sin rostro

Era un ángel de cara robada, de cabello sedoso, de piel castaña. Un ángel censurado y cercenado cuya condena fue no volver a sonreír, aunque sonreía, no volver a mirar, aunque miraba, no volver a sentir, aunque sentía. Por cara se le concedió un trozo de nada, un vacío visible, una mancha exigua.

El ángel de cara robada no tuvo a quién pagar rescate ni a quién implorar clemencia, pues ni siquiera sabía por qué un día dejó de tener rostro, por qué había sido privado de sentir un beso, una caricia, el sol o el viento. Por qué no podía verse, mirarse, reconocerse. Por qué su identidad había pasado a ser algo confuso, borroso. De qué le serviría ahora, se preguntaba, expresar sus emociones si ya nadie podía verlas, quién perdería un minuto en hablar con una pared por mucho que ésta pudiera moverse, a quién podría seducir ver nada.

Pasó algún tiempo y el ángel se fue acomodando a su nada. Ahora la nada le parecía casi bien, se reconocía en ella. Apenas recordaba quién fue, qué rostro tuvo, qué sentía cuando rozaba a otros ángeles, cuando todavía podía sonreír y su sonrisa era vista. El ángel había enterrado sus emociones a fuerza de ver su frustración aumentar durante años cuando cada sutil guiño alimentaba su nada, cada mueca bienintencionada agrandaba su vacío y cada sonrisa y cada lágrima se perdían en ninguna parte. Qué diferencia había, al fin y al cabo, entre disfrutar de la naturaleza o someterse al enclaustramiento, si ningún sol le iluminaba ya.

Pasó más tiempo.

Un día el ángel de cara robada se encontró frente a su reflejo. Una luminosidad caprichosa le había colocado frente a sí mismo en un gran ventanal. Fue de tanto no verse que el ángel, angustiado, comenzó a preguntarse qué sucedió con su rostro, con su cabello, con su piel. ¿Acaso alguien se los robó? ¿Acaso él mismo renunció a ellos? En el amplio reflejo que el ventanal le devolvía, el ángel alcanzaba a ver cada árbol con su robusta y frondosa naturaleza, con el ruido de sus hojas estremeciéndose al ser acunadas por el viento; al río con su saltarín y crepitante fluir, con su brava naturaleza azul; a los pájaros y su naturaleza ligera, su vuelo grácil y estético. Y se vio a sí mismo, despojado de su naturaleza, de su sonido, de su belleza. Decidió entonces buscar.

Y encontró. Encontró a más ángeles amputados, como él, imposibles de diferenciar unos de otros pues sus figuras concluían con el mismo vacío. Constituían, allí sentados, escuchando absortos las palabras de un ángel que sí tenía rostro, una armada desfigurada, una legión de seres idénticos, con una naturaleza común pero ninguna individual, sometidos al capricho de quien los condenó, castigados por el rechazo de los demás ángeles con rostro. Quizá su inferioridad no fuera premeditada después de todo, pero el privilegio de conceder una sonrisa, de recibir una caricia, de sentir a la lluvia escurrirse por el rostro, abría un abismo insalvable entre los que podían permitírselo y los que no.

El ángel de cara robada, que había perdido su triste excepcionalidad también, pasando a ser un ángel de cara robada más, se dirigió al ángel con rostro cuyas palabras habían sido escuchadas con fervor:

—¿Sabes por qué perdimos nuestras caras?

—Es un precio que pagáis por vuestra fe dijo con serenidad el ángel con rostro.

—¿Y tú no compartes nuestra fe?

—Sí, la comparto.

—¿Entonces, tú por qué sí tienes rostro?

—Porque yo soy mejor que tú afirmó, sin ni siquiera pestañear.

—¿Y no puedo hacer nada para recuperar el mío?

—Sí.

—¡Qué! exclamó entusiasmado el ángel sin rostro, incapaz de disimular su excitación. Era el primer sentimiento que tenía en muchos años, o el primero que no supo reprimir. En ese momento no sabía bien qué le supondría recuperar su rostro pues apenas recordaba qué se sentía al tener uno.

—Abraza otra religión. Deja que otra doctrina te imponga sus propias restricciones, que use contigo sus propias cadenas dijo mientras se daba la vuelta, no sin cierto aire de desprecio.

El ángel sin rostro quiso dejar de ser ángel sin rostro, o quizá simplemente quiso dejar de no ser. No le importó romper con la tradición a la que había sido sancionado, con el rígido corsé que le imponía la forma de caminar, de agacharse, de dormir. ¿Qué tenía que demostrar a través de tan enrevesado padecimiento? ¿Por qué no todos tenían que demostrarlo, o al menos no de igual manera? No le encontró sentido a mostrar devoción y respeto por aquello que no le respetaba, que le había sometido a la tortura de vivir censurado y cercenado, que se avergonzaba de su identidad tanto como para secuestrársela. No hallaba en aquel ángel con rostro ningún atributo que le hiciera mejor que él, tan sólo se había autoproclamado superior a los ángeles sin rostro y alguien le había creído.

Cuando el ángel de cara robada recuperó su rostro, rió y lloró días enteros, quizá semanas. Dejó aflorar todo lo que había estado sepultado en vano durante tantos años, encantado de volver a sentir las lágrimas corriendo por sus mejillas, maravillado por volver a ver su sonrisa reflejada en cada superficie. Recuperó la robustez del árbol y la capacidad para estremecerse de sus hojas, la alegría saltarina del río, la ligereza y la estética del vuelo de los pájaros. Decidió que abrazaría cuando quisiera abrazar, que lloraría cuando quisiera llorar, que sentiría cuando quisiera sentir. Nadie le podía decir cómo encontrar una verdad, cómo vivir su fe, pues no encontraría su verdad ni viviría su fe, encontraría y viviría la de aquel que le impusiera el camino.

A veces no hay por qué mantener las tradiciones por el mero hecho de que lo sean. A veces el respeto no consiste en permanecer impasible ante los excesos de las imposiciones milenarias.

Imagen: Daniel Ochoa

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