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22 junio, 2010 / Erik Macbean

De bibliotecas y parejas

El otro día les hablaba de los delirios que a uno le pueden dar en los aeropuertos habiendo consumido previamente las sustancias adecuadas o, en su defecto, siendo directamente un poquito raro de cojones. Bien. Pues hoy les voy a hablar de lo que sucede si tu pareja es tonta del culo y te dedicas a promocionarla por esos monumentos tan necesarios en el mundo académico como son las bibliotecas.

Situémonos en los hechos. Ocurrió el domingo pasado. En una biblioteca de una prestigiosa facultad de, a su vez, una prestigiosa universidad madrileña. Yo estaba ocupando uno de los sitios reservados para los estudiantes con problemas de concentración en su casa. Y, como yo, había otras quinientas o seiscientas personas. Supongo que todos estábamos allí para lo mismo: chapar como bestias a contrarreloj. Todos menos esos dos elementos que se sentaron en los dos asientos que, ay, quedaban libres a las once de la mañana delante de mi careto.

Vaya por delante que no soy un modelo de estudiante aplicado y constante. Ni siquiera mis calificaciones son sobresalientes o notables, salvando alguna honrosa excepción, normalmente inesperada. Pero lo que sí es cierto es que si se me va el santo al cielo, se me va en comunión íntima con el Señor, y no me dedico a dar por el culo a mis compañeros de mesa.

Pero estos dos pichones sin duda tienen otra percepción del asunto. O al menos la tuvieron el domingo. Todo comenzó sin levantar ninguna sospecha sobre lo que se me -nos- venía encima. A las 11.00, como digo, llegaron y ocuparon sus asientos, más un tercero en el que dejaron algunos bártulos, probablemente a modo de reserva (los sitios de las bibliotecas universitarias en períodos de exámenes son más cotizados que una mesa en Zalacaín, se lo juro). Posteriormente se dispusieron a estudiar -lo de ella era Derecho, lo de él ni idea, aunque sus apuntes tenían pinta de encerrar multitud de fórmulas matemáticas bastante intimidatorias-, pero tras una media hora de aparente concentración la pose de empollón dominguero se vino abajo. Primero llegaron las carantoñas. Luego los abrazos. Y poco antes de comer ya se habían besado en plan tornillo un par de veces y discutido otras dos.

Pero lo mejor llegó después de la hora del almuerzo. Fue a partir de entonces cuando se explayaron sin tapujos y nos invitaron al resto de intelectuales primaverales a ver la realidad de su relación. Hasta tal punto llegó la cosa a lo largo de la tarde que yo acabé con el convencimiento de que esa pareja no tenía ningún futuro (quién lo hubiese dicho tres horas antes, ja). La tensión entre ambos aumentaba conforme pasaban las horas y las páginas de sus apuntes no se movían un ápice. Tampoco las de los testigos directos del culebrón, claro.

Finalmente, y como si de un partido de fútbol se tratase, el chaval marcó un gol por toda la escuadra tras llevar desde el mediodía encerrado atrás, cubriendo su propia portería y despejando los tiros a puerta que ella le lanzaba. “Déjame ya en paz, que llevas dándome el coñazo todo el día y no he podido hacer nada por tu puta culpa”, fueron sus palabras. Hubo eco. Ya lo creo que lo hubo. Una risotada de escándalo que salió de mi delicada garganta. No pude disimular. Me pareció un ‘touchè’ muy apropiado. Un final digno de la mierda de espectáculo con el que nos llevaban deleitando los tortolitos desde por la mañana.

Poco después de marcar el tanto, y tras recobrar la mujer la capacidad de gesticular, decidieron irse ambos, no sin antes generar otra disputa sobre quién de los dos iba a llevar una de las carpetas -de ella, creo-. Así que hacia las 20.15, y tras ocho horas dando el coñazo más vomitivo que he sufrido en años, la parejita feliz recoge los papeles del ‘asiento reservado’ (lo que nos dio a entender a los demás que eso de ‘reservado’ había sido una conclusión un tanto precipitada) y se largan por la puerta.

Yo, que soy un observador nato, me fijé en las caras de mis compadres de espacio bibliotecario antes de que la magia de esa despedida tan emotiva se diluyese. Había de todo: desde un tipo que no paraba de reírse para sí mismo -como yo, vamos- hasta una niña con pinta de futura farmacéutica repelente y cara de haberse comido uno de los impresionantes zurullos que planta mi perro. Es decir, con cara de asco.

Reconozco que la presunta futura farmacéutica representaba en su mueca lo que yo había sentido por esa ilustre pareja de gilipollas durante buena parte del día. Pero no es menos cierto que el asunto, de tan patético, fue hasta divertido. Eso sí, muy a mi pesar pude comprobar una vez más que las bibliotecas son la excusa para verse con la pareja durante los exámenes sin levantar tormentas en casa. Una situación que conlleva el desastre académico de propios y ajenos, como seguramente compruebe en cuanto salgan un par de calificaciones.

No me extraña, por tanto, que el nivel de las universidades españolas deje bastante que desear a escala mundial, recortes de presupuesto aparte. Ya ven la clase gente que acude a sacarse los estudios. Perturbadores del orden y la Ley. Y ya me ven a mí, un intolerante nato. Pero es que los capullos del calibre 69 no merecen ningún cuartel.

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