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17 junio, 2010 / Erik Macbean

Delirios de aeropuerto

Soy raro. Siempre, desde que tengo conciencia y recuerdos, se ha hecho esta afirmación sobre mi persona. Y la gente debe de tener algo de razón, porque me fascinan los aeropuertos.

Normalmente esos lugares generan bastantes fobias. Me refiero a los aeropuertos. Para empezar, suelen estar lejos de las urbes a las que dicen comunicar con el exterior, así que el taxi para llegar a él cuesta una pasta (o en su defecto, el parking en el que poder dejar el turismo cuesta otra pasta). Una vez dentro del complejo arquitectónico de turno te enfrentas a colas eternas y a controles que rozan, a veces, el acoso. Si uno tiene suerte y elige un día propicio, puede hasta sufrir en vivo y en directo un motín de pasajeros generado por la quiebra del mes. Ding Dong Ding. Atención señores pasajeros, atención. La compañía Air Madrid (aviso: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia) acaba de irse a tomar por el culo. Paciencia y buenos alimentos. La capilla está en el segundo piso, junto a los lavabos. Llévense pañuelos. Etcétera. Y luego te lo repiten siempre en inglés, no vaya a ser que algún ‘guiri’ figure en las listas y no se entere de que va a tener que darse por jodido durante un buen rato. Por último, y si se han logrado superar todas estas pruebas, el viajero deberá enfrentarse a frecuentes retrasos, no tan frecuentes cancelaciones y, una vez dentro del pájaro de hierro correspondiente, a las turbulencias dignas de cualquier desplazamiento por el aire medianamente serio. Visto así –que es como lo ven la mayoría de veteranos de terminal aeroportuaria- estos sitios son un coñazo sin ninguna característica agradable. En apariencia.

Pero soy tozudo. Qué le vamos a hacer. Por eso me mantengo en mis trece y me reafirmo en mi opinión: a mí los aeropuertos me encantan.

Algún alma ingenua podrá sospechar que un servidor piensa así debido a una escasa experiencia como cliente de Iberia y demás. Este tío la única vez que ha pisado una terminal fue para desplazarse a Canarias con la familia en aquellas espectaculares y memorables Navidades de 1998 y el pobre diablo aún no sabe el estrés que generan los aeropuertos, pensarán algunos. Probablemente también piensen que en la aventura estaba demasiado emocionado como para darme cuenta de los aspectos negativos que encierra el trayecto y todos sus trámites. Algo así como un enamoramiento. Lo de que el amor es ciego y todo eso. Tiran más dos ‘Boeings’ que dos carretas. Y tal. Pero esas almas ingenuas estarían equivocadas, por eso las he llamado ingenuas, qué se creen. A decir verdad he pisado bastantes aeropuertos en lo que llevo de vida. Veamos. En España debo reconocer que quizás no han sido muchos: Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca, Vigo, Tenerife Norte, Tenerife Sur, Lanzarote y Fuerteventura. En Europa ya hay alguno más: Londres Heathrow, Londres Gatwick, Londres Stansted, Birmingham, Manchester, París Charles de Gaulle, Roma Fiumicino, Roma Ciampino, Palermo, Milano Malpensa, Frankfurt, Ámsterdam, Zagreb, Atenas, Copenhague y Tallin. Y en el resto del mundo mis Adidas han podido deambular por el aeropuerto de Luxor, Cancún, El Cairo, Túnez, Asuán, Abu Simbel y próximamente, si una más que probable guerra civil no me lo impide, añadiré a la lista Estambul, Nairobi y Lodwar. Este último es un barrizal situado a escasos kilómetros al sureste de la frontera con Uganda, pero lo cuento para darme más caché, que siempre es bienvenido.

Con esta lista de la compra aeroportuaria en la mano simplemente pretendo aclarar que no soy cualquier dominguero de playa soleada. El típico que sube al avión en bañador y aplaude al tomar tierra como si estuviese en el cine y no se lo terminase de creer. Para nada. Tengo cierta experiencia (y elegancia) viajera. He sufrido todas las vejaciones habidas y por haber: malas caras y gritos en El Cairo, un homosexual salido en el cacheo de Frankfurt, un heredero ideológico directo de cualquier miembro de las SS en la aduana de Zagreb -con gabardina incluida- y, además de retrasos varios y variados, también he sufrido la pérdida de un enlace en Roma hace unos años. Afortunadamente este lamentable episodio lo solucionó de forma muy competente una belleza de Alitalia pagándome –la compañía aérea a través de la bella azafata, no ella en cuestión- un hotel para pasar la noche en la Ciudad Eterna hasta que saliese el primer vuelo al día siguiente en dirección a mi casa. Por supuesto la maleta llegó a su aire. Como ya me sucedió en Birmingham, por cierto. Cosas que pasan.

Sin embargo, y a pesar de haber sufrido todas las putadas aeroportuarias arriba mencionadas más varias que se me deben de haber olvidado, esos sitios tan irritantes para el resto de los mortales a mí me han generado adicción. No lo puedo evitar. Veo en ellos una máquina del espacio maravillosa. Una auténtica plataforma desde la cual el poder acabar en cualquier maldito rincón del globo es una posibilidad y no un sueño utópico e inalcanzable. Los únicos requisitos: ser paciente, aguantar las colas, haber pagado el precio del billete (más las tasas) y tomar conciencia de que tu maleta puede llegar el mes que viene. O nunca. Depende del lugar que te reciba y de la honestidad de los mozos de medio mundo (por eso siempre recomiendo llevar una muda en el equipaje de mano). Y ya está. Es un tema de asumir ciertos riesgos y pequeñas molestias a cambio de tener cualquier esquina de la Tierra bajo tus pies en menos de 24 horas. 48 a lo sumo, si hay que hacer escala.

Yo, normalmente, cuando he acabado de lidiar con las azafatas, los ‘prosegures’ y la Benemérita o su equivalente en el extranjero, estando ya al otro lado del control policial, en la tan bien denominada ‘Zona Libre (de Impuestos)’, experimento una sensación de libertad muy intensa. Como si fuese un pajarillo feliz que deambula delante de una ventana abierta que da al Amazonas. Tal sensación me lleva a recorrer la terminal entera cual yonqui puesto hasta las trancas de cualquier cosa ilegal y nociva mientras voy leyendo embelesado las pantallas ubicadas encima de cada puesto de acceso al avión. En ellas aparecen los destinos a los que uno puede aspirar si se decide a atravesar la puerta que se encuentra inmediatamente después del televisor: Nueva York JFK, Estocolmo, Moscú, Lima, Kiev, Edimburgo, Venecia, Ceuta, Santiago de Chile, Miami o Bruselas, entre otros muchos.

No importa que uno vaya ya con el viaje cerrado. Tampoco me preocupa la prohibición de entrar en el avión que me venga en gana sin tener el billete correspondiente. En absoluto. Lo importante es tener la mente abierta, soñadora y sentirte un afortunado aventurero que hoy está aquí pero que mañana puede estar allí. Que hoy hace cola en la D26 pero mañana la puede hacer en la C32. Cuestión de pasta y de -repito- paciencia. Nada más.

Pero me estoy dejando lo más importante. El complemento más atractivo de cualquier aeropuerto: la gente. Qué maravilla el tratar de adivinar de dónde procede cada uno y a dónde irá. Cuando divago sobre qué le habrá traído por aquí a tal persona o qué irá a hacer a Buenos Aires tal otra que está en esa cola me doy cuenta de lo mucho que me gustaría conocer sus historias al detalle. Todo el mundo acaba ganando interés en un aeropuerto. De verdad.

En definitiva, para la gran mayoría de personas el aeropuerto es un incómodo trámite que, en caso de descuido, puede conllevar la realización de cierta clase de turismo no deseado en alguna cárcel cercana. Para mí, sin embargo, significa tener al alcance de la mano la inmensidad del mundo. Cada vez que piso un aeropuerto me siento muy próximo a un estado de libertad física extremadamente añorada. La posibilidad de poder estar hoy aquí y mañana allí. La de perder de vista a los imbéciles y a los pesados. La de ser recibido por otros climas con los cielos despejados o con las calles cubiertas de nieve. La de desaparecer del mapa hasta no sé cuándo.

En realidad suena paradójico si uno se para a pensarlo. Me refiero a eso de que en los lugares más seguros de un mundo enormemente vigilado yo tenga la sensación de ser un pez en la inmensidad de un océano sin redes. Saber soñar despierto es lo que tiene.

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