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15 junio, 2010 / Jorge Gato

El porqué de matar a mi familia cada noche

Ando algo preocupado. Algo preocupado porque en las últimas dos noches he matado a tres miembros y medio de mi familia sin apenas despeinarme, sin apenas tener que mover un dedo. No, no, por favor, deja el teléfono, los he matado en sueños, y en sueños de los que no admiten guión consciente. Dos noches distintas, dos sueños distintos, varias muertes distintas, el mismo poso de profunda tristeza en mí.

Ayer murió mi madre -un ayer ficticio, puesto que varios días habrán transcurrido ya desde que mis dedos teclean este texto hasta que Cumbres sin ecos lo lance al mundo-. No vi su muerte, desconozco su causa, no sabría precisar su proximidad en el tiempo, no sabría concretar el paradero del resto de mis familiares. El sueño era una sensación, un pensamiento repentino que me abordaba en medio de una desconocida calle soleada y que me recordaba el funesto acontecimiento, que me dejaba abatido, con la extraña impresión de no haberme lamentado lo suficiente hasta el momento por su defunción y con el sentimiento de culpabilidad que ello conlleva. Era entonces cuando toda esa tristeza me asaltaba, inundaba mis ojos, constreñía mi garganta, hasta el día parecía tornarse gris en honor a la profunda amargura. Casi diría que no he conocido tristeza semejante en el mundo de los despiertos.

El segundo sueño ha tenido lugar hoy mismo. Con una escenografía mucho más tétrica y elaborada, una atmósfera singularmente desagradable, aunque con un poso similar de tristeza, esta vez el sueño presentaba tres muertes, o dos y media. La primera era sencilla y rápida: mi abuelo se extinguía plácidamente sentado en un escalón de granito, recostado en la esquina que formaban un muro del mismo material y una puerta metálica azul grisácea, en presencia de mi madre y mía, y es posible que de algún familiar más también. Se iba quedando dormido con un gesto amable mientras su respiración empezaba a entrecortarse, momento en el que su expresión se volvía algo más angustiada; tras varios amagos de los que se reponía, finalmente el buen hombre fenecía en tan indigno lugar. Ojalá hubiera acabado aquí.

Pero no lo hizo, pues en su segunda parte el sueño me había reservado cielos peores. Mi tía y un segundo familiar cuyo vínculo conmigo es difícil de precisar reunían a toda la familia en una casa ruinosa, sin techo en algunas zonas, a ratos situada en el campo y a ratos situada en pleno centro de la ciudad, para comunicarnos su firme propósito de suicidarse conjuntamente ahorcándose en el dormitorio principal. Alegando estar extenuados de vivir y por la vida conseguían que, sorprendentemente, ningún miembro de la familia intentáramos disuadirles y que, muy al contrario, simplemente nos dedicásemos a vagar por la estancia inmersos en una profunda tristeza, como almas en pena esperando a que lo que tuviera que suceder sucediera e interiorizando y aceptando el siniestro plan. Afortunadamente el sueño no me arrastraba al momento preciso del ahorcamiento ni a sus instantes posteriores, pero el recuerdo de las dos sogas convenientemente anudadas colgando sobre una cama de matrimonio con una manta piojosa verde en un cuartucho de paredes ocres mal iluminado es más que suficiente.

Así que ando algo preocupado. Algo preocupado porque en las últimas dos noches he matado a tres miembros y medio de mi familia sin apenas despeinarme, sin apenas tener que mover un dedo. Y no hallo el porqué.

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