Skip to content
12 junio, 2010 / Erik Macbean

Un tipo respetable

En mi trabajo hay un tipo al que todo el mundo tacha de ser un ‘jeta’. Y además, no parece importarle lucir tal condición a ojos de los demás. Es el típico ‘jeta’ al que identificas como tal tras convivir en la oficina con él un par de días. Un auténtico monstruo de los de hacer su santa vida, sin importarle que otros de su misma calaña profesional deban asumir unas responsabilidades comunes para que todo funcione como está estipulado que funcione.

El ejemplo más característico de su aparente desprecio hacia las normas básicas de convivencia laboral se puede observar a primera hora de la mañana. Si los trabajadores del lugar entran, pongamos, a una ‘hora x’, este personaje suele llegar a ‘x+30 minutos’. Y sin ningún tipo de remordimiento, por supuesto. Él considera su deber cumplido sin molestos cargos de conciencia rondándole la mente. Pero la cosa no acaba ahí. También hay otros aspectos que retratan su desidia hacia los horarios impuestos por el que paga: a veces decide trabajar unas horitas -dos a lo sumo, que tampoco hay que abusar- desde casa antes de asomar la cabeza por la puerta. Supongo que por el placer que debe de dar el estar resolviendo las primeras tareas del día bajo la comodidad que encierra un desnudo integral. Al fin y al cabo, el futuro de la profesión pasa por una conexión a Internet estable y poco más.

En resumidas cuentas, que en mi oficina tenemos al típico aprovechado de turno haciendo de su rutina laboral una especie de menú a la carta: llego a tal hora, hoy voy más tarde, etcétera.

Llegados a este punto, uno puede preguntarse por qué los compañeros o el jefe -que acaba enterándose de lo que sucede en su oficina antes o después- no le montan un pollo, le despiden o le empiezan a endosar más trabajo del habitual a modo de compensación. Justicia poética y tal. Pero a largo plazo, y normalmente pocos días antes de plantearte seriamente cantarle las cuarenta, hasta un observador mediocre se da cuenta de algo: el conocido como ‘jeta’ del curro nunca ha faltado a su puesto, a pesar de haber tenido decenas de oportunidades para hacerlo.

Por ejemplo, al ‘amigo’ se le ha llegado a detectar en alguna ocasión una más que certificada gripe de caballo sin adornar su ya de por sí mal estado con una sucesión de quejas que, en ese caso, vendrían bastante a cuento. El colega se limitó a seguir dándole a la tecla en silencio y de forma bastante competente. Otro ejemplo fue aquella vez que, por obra y gracia del Ministerio de Sanidad y en particular del Centro de Vacunas Internacional, el tipo se convirtió en una pandemia andante: fiebre amarilla, fiebres tifoideas, malaria, cólera, meningitis, hepatitis A y hepatitis B. Recuerdo que apareció totalmente pálido por la puerta, y al preguntarle si se encontraba bien, nos contestó que se había disfrazado de zombi. Con dos cojones. Otro caso del que me acuerdo ahora es de cuando se largó no hace mucho a Roma un fin de semana y en el viaje de vuelta le pilló la famosa nube de humo del volcán islandés. El ‘menda’ tenía que aterrizar en Madrid a las 08.00 de la mañana del lunes, y finalmente lo hizo a las 11.00. Su vuelo fue de los pocos que llegó a Madrid procedente de otra ciudad europea aquel día, que todas las compañías aéreas tildaron, sin exagerar demasiado, de ‘catástrofe aeronáutica’. El susodicho bien podía haberse tomado el día haciendo una llamadita desde un número oculto una vez llegado a Madrid comentándole al encargado la ficción de que seguía en el aeropuerto de Ciampino. Pero no hizo nada de eso. En su lugar cogió un taxi -que pagó de su bolsillo- y se plantó en su puesto de trabajo como si nada hubiera pasado (también es cierto que su hora de llegada aquella vez no distó mucho de su hora de llegada habitual).

Ante este tipo de situaciones, entre otras que no he relatado por temor de aburrir al lector, hasta el más responsable de los trabajadores se hubiese planteado tomarse alguna licencia vacacional. Él no. Nunca lo hizo y hasta el momento se mantiene firme en esa extraña lealtad que desprende hacia su silla de oficina y su ordenador sobrecargado de archivos. Llegará tarde y sin demostrar arrepentimiento alguno, pero acude a su cita con una regularidad que contrasta radicalmente con sus constantes insultos a ese término tan necesario como agobiante llamado ‘puntualidad’.

¿Por qué no era un ‘jeta’ como Dios manda, de los de toda la vida, que además de llegar tarde se tomase un par de días de vacaciones al mes? Esa pregunta me la hice durante bastante tiempo, y creo que hasta me llegó a obsesionar. Un día reuní valor y se la solté al individuo. Su respuesta fue cuanto menos curiosa: “no me gusta madrugar, pero tampoco me gusta dejar de ser un tipo respetable”. Y siguió dándole a la tecla tan tranquilo. Sin remordimientos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: