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8 junio, 2010 / Jorge Gato

Bailé con el ventilador

Ocurrió en una de las primeras noches de calor desquiciante que nos esperan para este verano. Me fui a la cama no recuerdo bien si con muchas ganas de dormir o con pocas ganas de dar vueltas. En este tipo de noches las sábanas suponen primero un alivio: te reciben con un frescor impropio del tiempo que llevas todo el día padeciendo, como si quisieran recompensar tu esfuerzo durante la jornada, como si quisieran resarcirte de todos tus sinsabores, y así es como sientes en tu piel uno de los pequeños e intrascendentes milagros cotidianos -uno de tantos- y casi te ves empujado a cometer la temeridad de arroparte mínimamente por aquello de que no se te enfríen los riñones; poco a poco las sábanas, no sé si por el rencor que nos guardan, quizá por vengar a aquellas otras compañeras de su especie sobre las que orinábamos entre aliviados y avergonzados muchos años atrás cuando aprendíamos a vivir sin el respaldo de nuestros pañales, se van volviendo en tu contra, van acumulando un calor más propio del infierno, una humedad más común en las selvas tropicales, tu cuerpo comienza a agitarse ansioso por encontrar una salida, como convulsionándose de lado a lado de la estrecha y mullida superficie intentando escapar de su meditada tortura, te conformarías con algún resto del frescor con el que te dieron la bienvenida pero ya no hay nada que se parezca tanto al paraíso, ahora sólo te queda perder la paciencia, patear al aire, enloquecer, jurar venganza, abandonarte a tu suerte, alternar la visión del techo con la de la pared, luego la otra pared, luego quizá la de la propia almohada, y luego otra vez techo. Quizá seas como yo y te hayas prometido una y mil veces que cuando la experiencia en la cama se vuelva turbia e insostenible, sea por el motivo que sea, te levantarás y te airearás, beberás algo fresco o caliente dependiendo de la situación, te darás un paseo, te lavarás la cara, te mirarás al espejo y te hablarás a ti mismo para convencerte de que eres más fuerte que todo ese entramado de desesperación nocturna, que en el mundo de los despiertos nada importa el de los dormidos. Pero al final nunca me levanto.

Y fue en algún momento justo antes de abandonarme a mi suerte, de enloquecer -si acaso este episodio no fue locura-, cuando el ventilador de techo de mi habitación me sacó de la espiral autodestructiva en la que me hallaba inmerso. Sus aspas giraban como siempre, removiendo tímidamente el aire del cubículo al que me gusta apodar cariñosamente habitación, sin suponer en ningún caso un alivio extraordinario al sofoco que uno pudiera tener. Su triunfo aquella noche, sin embargo, no fue su modesto y eléctrico abanicar, ni siquiera el encanto hipnótico de ver sus aspas girar y fundirse en un círculo gigante; fue su ruido característico y a veces hasta molesto el que canalizó mi ira convirtiéndola en un descontrol festivo como no he conocido muchos. Descubrí en su sonido mecánico y chirriante, especialmente perceptible cuando no tienes nada en lo que pensar, un ritmo diabólico, una sonoridad próxima al techno-trance a la que, parecía, en cualquier momento se sumaría una multitud de instrumentos que te guiarían a una catarsis; era una invitación a bailar enérgica y descompasadamente, a saltar en la cama como una trucha pero no por la asfixiante temperatura, no por el castigo impuesto por tus sábanas, sino por la felicidad de vivir, por el entusiasmo de sentirte una estrella del rock con miles de quinceañeras coreando tu nombre, tirándote a la cara sus sujetadores, por haber resurgido de tus cenizas cuando ya te dabas por perdido y por encontrar una luz fluorescente y parpadeante donde ya sólo quedaba penumbra y miseria; por sentirte un puto loco torturado pero un puto loco feliz. Así fue como bailé con el ventilador.

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