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5 junio, 2010 / Erik Macbean

Papá cuéntame otra vez…

Esta noche estaba hablando con una persona bastante especial por teléfono. Cuando la conversación ha decidido desviarse al terreno nostálgico nos hemos acordado -esa persona y yo- de una tarde bastante entrañable que vivimos este invierno pasado en el casco antiguo de Salamanca.

En realidad ese día fue una despedida, y los recuerdos de ambos se han trasladado a la amargura que ella experimentaba ante la proximidad imparable del agridulce “hasta luego”. Agrio por su significado. Dulce por el cariño que desprende al decirlo en determinadas circunstancias. En esas circunstancias.

Aquella tarde yo trataba -he recordado al teléfono- por todos los medios de tranquilizarla intentando ser gracioso, ocurrente, sincero y patético. Eso siempre saca una sonrisa, pensé. Y, sea como fuere, lo conseguí. Mejor dicho, lo consiguió la capacidad que tuve de volverme voluntariamente ridículo y lamentable recordando sucesos vergonzosos de mi existencia, en un momento que era tan amargo para mí como lo era para ella. Algunas personas lo llaman frialdad. Da igual. Cumple los objetivos: su amargura cedió ante las carcajadas y una sonrisa que se le quedó grabada durante el resto del día.

El caso es que, al recordar ese suceso del que fui principal protagonista, mi mente se ha trasladado a mi infancia. Y en particular a aquella primavera de 1995, cuando mis padres conducían un vehículo por una carretera de Derbyshire, al noreste de Inglaterra, en dirección a un tenebroso internado de la orden de los Jesuitas en el que me iban a abandonar durante unos cuantos meses. Lo de la orden de los Jesuitas fue un dato que me comentaron antes de hacer la maleta en varias ocasiones, me acuerdo bien. Como si esa cárcel, por el simple hecho de pertenecer a una orden fundada por un español -San Ignacio de Loyola-, ya me fuese a hacer sentir mejor. Ni de coña.

El que sí me hizo sentir mejor fue mi padre. Una persona que, por norma general, se mantiene al margen de las explosiones sentimentales que a la mayoría de las personas nos da por tener de vez en cuando. No obstante aquel día el buen hombre debió de ver una angustia en mi cara parecida a la que yo vi en la cara de María poco antes de nuestra despedida en Salamanca. Probablemente por solidaridad empezó entonces a deleitarme con historias de su adolescencia de lo más ridículo, sin olvidar su etapa en la ‘Mili’, que tampoco se quedaba atrás. Realmente el tipo vivió experiencias de lo más variopinto, aunque todas ellas albergaban un denominador común: te sacaban una sonrisa y alguna que otra carcajada.

Esta noche he recordado cómo crucé las verjas de aquel internado rodeado de campo, bosque y un jardinero sospechosamente parecido al mayordomo de la familia Adams. Si alguien observó al mocoso que iba en la parte de atrás del coche ese mediodía de 1995 debió de pensar que trasladaban a un adoptado inadaptado al que por fin otorgaban su ansiada libertad aunque fuese a caer de la sartén al cazo. Sin embargo esa sensación no haría honor a la verdad. Ese mocoso se reía porque logró comprender, en ese preciso instante, que la vida está llena de momentos jodidos como esos o (bastante) peores, y que no hay nada mejor que sufrir su letal acercamiento con alguien tan especial que consiga hacerte reir en momentos en los que sólo se tiene intención de buscar un rincón para poder llorar.

La vida te enseña cosas. Esta fue una de sus primeras clases útiles. Que yo recuerde.

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4 comentarios

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  1. Natalia Bravo García / Dic 10 2011 3:19

    hoy estoy melancólica y vuestro blog lo va a sufrir. Lo está sufriendo.

    No sé cuan de cierto tiene este relato pero yo os voy a explicar otra historia de allá a mediados de los ’90: mi madre, una mujer temperamental, impulsiva, dulce como si cada día se enamorara, agria por la carga que sopesaba e inocente como una niña, fue el ser que más me enseñó a reír en esta vida. De pequeña nos hizo pasar a todos los hijos una broma, algo especial para ser de una madre a un hijo. Yo, la pequeña, no iba a ser menos. Desde la cocina se asomaba una puerta que te llevaba a la terraza, a la inmensa terraza q teníamos. Frente a ella, el paisaje era el de unas montañas pobladas de árboles que siempre suscitaba mi curiosidad. Cuando caía la noche y el hijo q estaba con ella no se dormía, la mujer se lo llevaba a esa puerta, se sentaba en el banco colocando al hijo q tocara sobre su regazo, y cuando el hijo contemplaba las montañas despistado, de repente nuestra madre fingía girar el cuello y ponía voz tenebrosa: “Yoooo noooo soy tuuuu madreeeee” y las primeras veces, siempre preguntábamos temerosos: no…o? dónde está mi madre? -Eeeeen laaaas mooooontaaaaaañaaaaas. Y al final, volvía a fingir girar el cuello, y se ponía a hacernos cosquillas hasta que nos moríamos de la risa.

    Años más tarde, algunos bastantes, mi madre volvía a sentarse en ese banco y contemplaba las montañas. Me decía: sabes? esas montañas nunca se irán; aquí todos nos iremos, y ellas seguirán allí. No morirán, ellas nos verán irnos.
    Con la mirada empañada, no tenía otra que responderle: Mamá, pero si tu no eres mi madre. Mi madre está en las montañas.

    La vida (y la muerte) te enseña cosas.

    • krknose / Dic 10 2011 14:49

      Qué historia tan maravillosa, ojalá hubiera sido yo quien la contase. Pero no, la realidad siempre ridiculizará a la ficción.
      Por cierto, me consta que este escrito de Erik, el primero de las Cumbres, es totalmente cierto.

  2. África / Nov 19 2012 20:52

    Es realmente bonita la historia. Las dos… Momentos difíciles en los que valoras y necesitas una sonrisa, alguien que desdramatice el momento al que tanto tememos. Tu escrito me ha recordado una despedida acompañada por esa risa más terrible que el llanto. Pues el llanto me hubiese liberado, pero en su lugar, escogí lo que mejor sé hacer. Reí como si no existiera ese momento, o aún peor, como si no lo temiese. Sin embargo, el llanto persiste e imagino que jamás se irá, pues no le di su momento y espera impaciente su venganza.

    Erik, escribes muy bien, aunque digas que no tanto…
    Un beso,
    África

    • Erik Macbean / Nov 19 2012 23:21

      ¡Quién no ha tenido una despedida que ignore los dictámenes el corazón, querida África!

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