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3 junio, 2010 / Erik Macbean

Comedia griega

Al primer ministro griego, Yorgos Papandreou, le ha debido de dar el primer ataque de risa en mucho tiempo.

Resulta que la Comisión Europea (CE) le ha dado un toque de atención a los griegos por no respetar la política medioambiental impuesta por la Unión Europea. En concreto, y según la acusación formulada por el comisario responsable de estos temas en el organismo comunitario, Janez Potocnik, las autoridades helenas no han convertido todavía en Ley las normas ecológicas aprobadas por los Veintisiete. Es más, la Comisión afirma que Atenas ya lleva un año de retraso, según informa el portal financiero Dow Jones.

Disculpen ustedes que me tome tantas licencias en este escrito, pero no puedo evitar imaginarme a los responsables de política medioambiental en Grecia llamando a Papandreou por teléfono –las conexiones telefónicas son más seguras que el traslado físico últimamente por esos lares debido a las protestas ciudadanas- comunicándole que la Unión Europea, a través de sus burócratas, ha decidido abrir un expediente a Grecia por llevar un año sin imponer las normas comunitarias relacionadas con el Medio Ambiente.

Es entonces cuando me parece escuchar a Papandreou desternillándose de risa por los suelos de su lujoso despacho desde aquí.

En realidad los pobres ecologistas no tienen la culpa de esto. No se tienen por qué sentir ridículos, ni culpables de nada. Ellos exigen lo que consideran justo y necesario, aunque quizás les cueste un poco entender esta reacción por parte de los políticos socialistas griegos. Pero es que en Bruselas parecen tener unos cojones cuadrados y del tamaño de un huevo de avestruz. O eso, o tienen una imagen de los griegos comparable a la que se tenía de los afroamericanos en el Tennessee de los años 20 (el Ku Klux Klan, ya saben).

Vamos a ver. Resulta que el bueno de Papandreou lleva desde el pasado mes de noviembre pidiendo de forma cada vez menos disimulada ayuda a la Unión Europa para detener la sangría que los mercados financieros internacionales están haciendo de su economía. En definitiva, de su país. Y a día de hoy, tras haber tenido lugar infinidad de reuniones con sus respectivas promesas esperanzadoras lanzadas al respetable, especuladores incluidos, algunas personalidades políticas del Viejo Continente, preferiblemente alemanas, aún siguen diciendo que bueno, que eso de ayudar a los griegos ya se verá. Sólo si están muy mal. Y tal.

Sin entrar a valorar la actitud de la oposición al llamado ‘plan de rescate’, sí me gustaría reflexionar sobre el término “Estar Muy Mal”. Porque yo considero que sufrir al menos cuatro huelgas generales desde comienzos de año y una patada de paros parciales, tener una rentabilidad en deuda soberana que casi dobla a la ofrecida por Irlanda y Portugal –que tampoco están para tirar cohetes- y verse obligado a llevar a cabo la privatización de cada vez más servicios en un país tradicionalmente amigo de lo público no es “estar muy mal”. Qué va. Es estar fatal. Y no lo digo yo, a pesar de haber seguido este asunto en mayor o menor medida desde la relativa comodidad que otorga ser un informador lejano al que el asunto no le afecta directamente. Es que lo dicen cada vez más expertos de las finanzas continentales –incluidos varios ‘hedge funds’, los malos de la película-.

Estos expertos han reconocido ya en repetidas ocasiones que, aunque se aprobase el plan de 110.000 millones de euros para Grecia a tres años (esta fue una de esas promesas esperanzadoras concebida en una de esas reuniones), si Atenas no logra mantenerse alejada de los mercados financieros durante al menos un año, éste no va a servir de nada. Así lo ha asegurado, en cartas no abiertas al público, o lo que es lo mismo, en cartas que plasman una relativa sinceridad, Erik Nielsen, economista jefe de Goldman Sachs –la entidad que ha asesorado al Tesoro heleno desde el año 2001- para Europa. Otros son aún más fatalistas: “¿Acaso Europa va a estar prestando dinero a Grecia cada vez que ésta lo necesite? Porque va a necesitarlo durante bastantes años antes de volverse de nuevo una potencia competitiva”, es la pregunta que hace unos días se hacía un analista financiero afincado en Zurich, Suiza, y de cuyo nombre no debo acordarme.

Por eso comentaba lo de la risa de Papandreou y su previsible reacción ante una nota de Bruselas diciendo que mire usted, que son todos unos guarros y en Atenas se ve que no hay conciencia ecologista.

Desconozco si los griegos tienen mucho respeto por la ecología. Intuyo que no, teniendo en cuenta la polución existente en Atenas, ciudad que he visitado, por cierto, en dos ocasiones. Sin embargo, lo que desde luego no se puede negar es que, si en Grecia deciden descojonarse de la nota ecológica remitida por Bruselas, la acción encerraría unos mínimos de justicia poética. Visto lo visto (y lo que nos queda por ver).

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